Más allá de los clásicos infantiles

 

Una noche más, se disponía a leerle un libro. Entonces, dijo la niña:
– Mamá, léeme algo distinto, algo que no me hayas leído nunca.

Ella, que siempre recurría a los clásicos infantiles, amplió su perspectiva:
– ¿De verdad quieres algo distinto? Te leeré algo muy antiguo, una parábola de siempre, que también es para mayores. Y comenzó a decir:

«Un hombre tenía dos hijos. El más joven de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde. Y les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo más joven, reuniéndolo todo, se fue a un país lejano y malgastó allí su fortuna viviendo lujuriosamente. Después de gastar todo, hubo una gran hambre en aquella región y él empezó a pasar necesidad. Fue y se puso a servir a un hombre de aquella región, el cual lo mandó a sus tierras a guardar cerdos; le entraban ganas de saciarse con las algarrobas que comían los cerdos; y nadie se las daba. Recapacitando, se dijo: ¡cuántos jornaleros de mi padre tienen pan abundante mientras yo aquí me muero de hambre! Me levantaré e iré a mi padre y le diré: padre, he pecado contra el Cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros. Y levantándose se puso en camino hacia la casa de su padre.
Cuando aún estaba lejos, lo vio su padre y se compadeció; y corriendo a su encuentro, se le echó al cuello y lo cubrió de besos. Comenzó a decirle el hijo: Padre, he pecado contra el Cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo. Pero el padre dijo a sus criados: pronto, sacad el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo, y vamos a celebrarlo con un banquete; porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado. Y se pusieron a celebrarlo.
El hijo mayor estaba en el campo; al volver y acercarse a casa oyó la música y los cantos y, llamando a uno de los criados, le preguntó qué pasaba. Este le dijo: Ha llegado tu hermano, y tu padre ha matado el ternero cebado por haberle recobrado sano. Se indignó y no quería entrar, pero su padre salió a convencerlo. El replicó a su padre: Mira cuántos años hace que te sirvo sin desobedecer ninguna orden tuya, y nunca me has dado ni un cabrito para divertirme con mis amigos. Pero en cuanto ha venido este hijo tuyo que devoró tu fortuna con meretrices, has hecho matar para él el ternero cebado. Pero él respondió: Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero había que celebrarlo y alegrarse, porque ese hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado».

– Mamá, ¿quién la escribió?
– Un tal Lucas, hija. Lo llaman San Lucas, médico y Evangelista. Reproduce las palabras de Jesucristo. Busca Lucas 15, 11-32, y lo encontrarás.

– ¿Tiene más escritos San Lucas? –preguntó la niña-.
– Sí.  Todos sobre Jesús, el Cristo. ¿Querrás conocerlo mejor? 

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FUERTE Y PODEROSO

 

FUERTE y PODEROSO. Es lo que, hasta hace poco, venía yo diciéndome a mí mismo que era. Y lo escribía. Así, en mayúsculas, para que me quedara claro. Necesitaba decírmelo, verlo escrito, hacérmelo creer. Para afrontar la vida con arrojo, para no arredrarme ante las dificultades, para sentir que podía con todo. Incluso solo, sin la ayuda de nadie. Tampoco la de Él.

Unos días atrás, un simple tarro de mermelada desafía mi creencia: no soy capaz de abrirlo por mí mismo. ¡Tranquilo!, -me digo-. Un día flojo, lo tiene cualquiera, ¿verdad?

Sigo con mi vida, con mis hábitos de lectura diaria… FRÁGIL, VULNERABLE y MORTAL. Así se define el ilustre personaje cuya biografía estoy leyendo. Y no sólo a sí mismo. Extiende estas cualidades a todo el mundo. Reflexiono sobre ello; mortal, sí, eso es obvio. Sin embargo, ¿por qué asumir las otras otras dos cualidades, tan limitantes? Me dispongo a contraargumentar, pero me paró en seco; recuerdo el tarro de mermelada. ¿Será verdad?

Frágil. Sí, lo soy. Quiero serlo. Porque  reconocer mis limitaciones me ayuda a superarlas, a compensarlas, a buscar ayuda, a aceptar ayuda. A apoyarme en los demás, a trabajar en equipo. En definitiva, a construir la fortaleza desde la fragilidad. Sí, ser frágil me hace ser fuerte.

Vulnerable. Sí, lo soy. Por eso tengo que protegerme, tomar mis precauciones. Prepararme bien, formarme, entrenarme, reforzarme, planificar, organizar…, esforzarme. Sí, ser vulnerable me hace ser poderoso.

Mortal. Sí, lo soy. No hace falta reconocerlo. Solo asumir que, como a todos, por muy tarde que sea, la muerte nos llegará antes de lo que esperamos. Que no nos pille sin haber hecho lo suficiente. ¡Vivamos! ¡Celebremos la vida! Consumámosla por causas nobles. Sin prisa, pero sin pausa. Cada día un pasito, cada día una acción, cada día un detalle. Sí, ser mortal me hace VIVIR, con mayúsculas.

 Frágil, vulnerable y mortal, ¡esa es la suerte!

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Vacaciones especiales

Con frecuencia, al aproximarse las vacaciones, o nada más comenzarlas, solemos hacer propósitos acerca de cómo lograr que sean especiales. Sí, queremos que las vacaciones sean especiales. En primer lugar para disfrutarlas plenamente y, en segundo lugar, para recordarlas con alegría y cariño en días, meses y años sucesivos. Porque cada vez que las recordamos es como vivirlas de nuevo; traer las mejores emociones, las mejores sensaciones al presente.

¿Cómo hacer que las vacaciones resulten especiales? ¡Todo un desafío! ¿No te parece?

¿Qué tal probar a actuar como si fuéramos las personas más felices del planeta? ¿Qué tal fingir que todo es perfecto? Cualquier situación, cualquier circunstancia, cualquier evento.

¿Lo has probado alguna vez? Yo sí…, hasta la tercera vez que fallé en el intento de considerar todo perfecto. ¡Me puede la inercia, la cultura o, simplemente, la realidad tozuda!

¡Habrá que buscar alternativas! Reflexionando un pelín más, me surgieron nuevas preguntas: ¿qué cosas hacen especiales unas vacaciones?, ¿qué necesito yo para que cualquier momento sea especial para mí?  

Probablemente cada uno tengamos una respuesta. Yo me quedo con la de San Pablo. Sí, la respuesta del Apóstol de Cristo: el amor.

Cualquier situación se convierte en especial con la presencia del amor. Ahora sí, el desafío está a mi alcance porque el amor no pasa nunca -1 Corintios 13, 1-13. Siempre queda el amor.

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Simple elección

Es la sobremesa. Estoy con los más jóvenes. Elijo hablarles sobre el poder del lenguaje. ¿Cómo afecta a nuestras acciones?, ¿cómo a lo que logramos en la vida?

¿Será demasiado trascendente para esta hora? Quiero empezar, pero me falta seguridad. No estoy acostumbrado a tan joven audiencia. Me lanzo:

– Para mí, el mayor grado de compromiso, mi más potente motor, es la elección. La que me aporta la energía del momentum.

Silencio… uno, dos, tres, … Miro a los muchachos. ¡Ojipláticos se han quedado! Patidifusos.  ¿Cómo es que se han quedado mudos?, ¿entenderán el significado de momentum? ¡Ah!, de inmediato, caigo…

– ¡Un momento! He dicho elección.
– Ah, elección -repiten.

Risas, carcajadas; se relajan otra vez. Sin quererlo, he captado su atención como no lo hubiera hecho de ninguna otra manera… Puedo continuar.

¿Cómo mantener el momentum?, ¿cómo mantener la acción?, ¿cómo vencer el cansancio y el desaliento? 

No hace falta mucha disertación. Simple elección: mantener el momentum porque sí. Porque así lo he elegido. Elección de seguir, de perseverar. Un propósito. Previamente elegido.

De continuo me llegan ofertas de todo tipo… No todas saludables. No todas honestas. No todas decentes. ¿Verdad que a ti también? Elijo rechazarlas. ¿Y tú? Rechazo las tentaciones embaucadoras. Me resulta fácil. Es mi elección. Elijo fidelidad. Sí, a mi pareja. En el matrimonio. Elijo lealtad. A mi proyecto de vida. A mis convicciones. Elijo honestidad. Elijo valores.

¿Cuesta? No tanto. Es lo que he elegido. Libremente. Cada vez que me reafirmo en la elección, rechazando la tentación, salgo más fuerte. Lo tengo claro: me compensa.

Elijo y cumplo. Tengo un propósito superior. Un ideal. Ambiciono carismas mejores. También en lo pequeño. Porque lo que haces en lo pequeño, sueles hacerlo en lo grande.

No es que quiera… No es que tenga que… No es que deba… Es que lo elijo. En la elección está mi fortaleza. La elección es el capitán general de mi voluntad. La más alta en el escalafón. Lo elijo. Y punto. Se acabó. No hay más opción. 

Camino tranquilo por la senda de la vida. Por anticipado, ya elegí.

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Si de verdad lo quieres…

       
¿Qué empezarías si no temieras el fracaso, si no temieras el rechazo? 
¿Qué son fracaso y rechazo sino simples excusas de tu yo acomodado?

El mayor fracaso es dejar de probarlo.
El peor rechazo es el tuyo a ti mismo.

¿O es que no aprecias tanto eso que dices querer?
Si de verdad lo quieres…
Tú, tú sabes bien lo que tienes que hacer.
¡Lo sabes muy bien!

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Recuerdos de la infancia

Recuerdo con nostalgia 
los años de la rosada infancia.
¡Cuánta inocencia! 
¡O indecencia!

Memorias tergiversadas por la mente interesada.
Mente de adulto, que reclama indulto
por alguna travesura casi olvidada.
Individual o grupal. Con castigo sin igual.

Gallinita ciega, escondite inglés, …
Agua, tocado, hundido, ¡que ya son tres!
Los había más controvertidos,
para asombro de madres, vecinos y conocidos.

Recuerdos de juegos, recreos y patios. 
No existía Super Mario Bros, ni la televisión en color.
La imaginación como entretenimiento.
Añoranza de una época, ni mejor ni peor.

De amigos, de profesoras, ¿y cómo no?
De doña Visitación, por su gran corazón.
Por su bondad, por su semblante,
por su mirada penetrante.

Dictaba distinguiendo bes de uves en la pronunciación.
Sin, en absoluto, tener obligación.
Obligada tampoco estaba
cuando otras muestras de cariño nos regalaba.

Aquella Torre Eiffel que tanto me costó componer…
Inseguro, la entregué sin intuir que terminaría en la pared.
A la entrada, para que, incluso desde fuera, se pudiera ver.
Inesperado reconocimiento al esfuerzo y la paciencia.

Premio a superar la tentación de a medias dejar el trabajo,
y al día siguiente entrar a clase con la mirada hacia abajo.
Ah, doña Visitación, tenerla, ¡qué bendición!

¿Quién ha sido importante en tu vida? ¿Qué persona mayor?
Si todavía estas a tiempo, quizá se lo quieras contar.

El esfuerzo merece su reconocimiento.
A tiempo, para que surja su efecto.
Motivos hay para darlo con naturalidad. 
Tú, hoy mismo, ¿a quién se lo vas a regalar?

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¡RESUCITÓ!

 

¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí; ha resucitado. –Mt. 28, 1-10–

¡Resucitó, resucitó, resucitó!, ¡aleluya, aleluya, aleluya!

¡Que se note! Que lo noten, al menos, quienes tienes más cerca. 

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Caridad, mansedumbre, humildad

      Querida Gabriela:
      Todavía recuerdo el follón que se montó. Y eso que solo mencioné una de  las tres. ¿Te acuerdas? En aquel encuentro de amigos. 
       Simplemente por anunciar mi aspiración a la mansedumbre, por anhelarla en el día a día, por querer que sea mi compañera. ¿Tú crees que es tan osado? ¿O tan imprudente querer ser manso? Que no digo siempre. Las más de las veces.
       Es el recurso que quiero utilizar para combatir mi tendencia a batallar, a inmediatamente contraargumentar, sin escuchar. ¿Crees que es apropiado o te parece exagerado?
      Me pregunto si, desde la moral cristiana, no estaré ante una evidente manifestación de pecado. Soberbia: el deseo de someter a los demás a mis arbitrios, de imponer mi posición, de no dar opción. Soberbia, el mayor de los pecados a juicio de teólogos reputados .
      Quiero también recurrir a la caridad, que no es más que sinónimo de amor. Y a la humildad, para asumir que no soy más que nadie, y que he de escuchar. Difícil encomienda a juzgar por los intentos precedentes. Aunque creo que, ahora, tengo mejores sustentos, mayores argumentos.
      Leí estos días, permíteme, querida Gabriela, que mantenga la fuente en el anonimato, por su condición, no sea que te cause prevención (1). ¿Y si es narcisismo? Quedarse encerrado en la contemplación de uno mismo. Hipersensibilidad, prevalencia y casi única atención a los propios sentimientos y temores. La percepción errónea de que todo gira alrededor de uno mismo. Para, al final, solo mendigar atención y afectividad. ¡Qué tristeza!
      En fin, querida Gabriela, mantente vigilante para, en lo que te sea posible, recordarme apelar a tan buenas compañeras. Y, con ellas, saber escuchar, esperar, callar.
      Me despido hasta una próxima ocasión. Que siempre nos acompañen: caridad, mansedumbre y humildad.       
     Mauricio

P.D.: (1) Dios te quiere feliz, de José Ignacio Munilla.

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¿Te atreves a vivir una vida virtuosa?

¿Vivir una vida virtuosa? Sí, dejar que las virtudes guíen tus conductas. ¡Menudo desafío!
        No estamos tan acostumbrados. Quizá porque, paradójicamente, la palabra virtud se ha desvirtuado, o porque está en desuso intencionado. ¿A quién le interesan las virtudes? No digamos ya, vivir una vida guiada por ellas.
        No queremos ensalzar las virtudes porque ensalzarlas, llevarlas a nuestra vida diaria, nos cuesta, requiere un sacrificio, un esfuerzo que, a muchos, nos parece titánico. Y es que la virtud obliga, exige. Y, en su exigencia, nos hace renunciar a la satisfacción de deseo en el corto plazo.  
        Por el contrario, más a medio plazo, la virtud nos fortalece, nos reconforta, nos satisface por completo; nos produce plenitud. Cuando actuamos guiados por las virtudes, sabemos que avanzamos en la dirección correcta, que estamos guiados por un propósito, por EL PROPÓSITO. Hacemos lo que tiene que ser hecho, lo que es correcto, lo que está bien. Perseguimos la justicia, la de los hombres, y la de Dios. U otros nobles fines, todos loables.
        La virtud de obrar con rectitud es nuestro principal aliado en el camino hacia nuestros objetivos. El bastión en el que nos apoyamos para perseverar, lo que nos da fuerza para afrontar los obstáculos y superar las dificultades.
        No obstante, a menudo solemos renunciar a las virtudes y nos dejamos llevar por las emociones, por las apetencias del momento, por la satisfacción inmediata del deseo, la búsqueda del placer a toda costa, cuanto antes. Perseguimos todo lo que se nos presenta como la felicidad, que, sin embargo, no es sino un espejismo de la felicidad, que tarde o temprano se desvanecerá.
        ¿Te atreves a dejarte guiar por las virtudes? Quizá te preguntes por cuáles. ¿Las teologales, las cardinales, las morales? Todas ellas te valen. O, tal vez, baste con la virtud de actuar con rectitud.

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Responsabilidad compartida, ¿hasta cuándo?

 

Querida Amanda:

No salgo de mi sorpresa con este niño. ¡Que tiene 10 años! Todo empezó por un reportaje televisivo, sobre la influencia de los progenitores en la conducta de los adolescentes. Este fue su planteamiento:

Entonces, ¿cuándo puede considerarse extinguida tu responsabilidad, como padre, sobre mis conductas? No me refiero a la responsabilidad jurídica, que ya sé que está vinculada a la edad. Como cuando rompí el cristal en el colegio, que tuviste que pagarlo tú.

¡Tal cual! Pero hay más:

¿En qué casos puede hablarse de corresponsabilidad, tuya y mía, de lo que yo hago, y de las consecuencias que esos actos tienen? Es decir, supongamos que fuera galardonado con el premio Nobel de Física. ¿Serías tú corresponsable de ello, por la educación que me has procurado? ¿A pesar de que tú trabajas como notario?

Más todavía:

¿En qué momento, bajo qué premisas, comienzo yo a ser exclusivamente responsable de mis actos, de mis méritos, de mis logros o fracasos?

Para terminar así:

¿Quién tiene mayor responsabilidad? ¿Tú o mamá?

Ahí es nada, querida Amanda. Dame tu orientación, no sea que conteste de manera irresponsable y cargue para siempre con esa culpa.

A propósito, ¿cuándo nos volvemos a ver? Si lo retrasamos más allá de lo convenido, permíteme que yo también pregunte, ¿qué parte tendremos cada uno de responsabilidad?

Con todo mi agradecimiento, te mando un abrazo fuerte y largo.

Leocadio.

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