No, no confío en el palo y la zanahoria.
Tal vez no aprendí bien la técnica. Quizá porque la aplicaron mal conmigo… ¡o demasiado bien!
Tuve palos, no físicos, por supuesto, pero palos; los recuerdo… Y con ellos, la sensación de rabia y frustración; el resentimiento y el rencor. ¿Te ha pasado a ti?
¡Niño travieso! ¿O, simplemente, niño?
Tuve zanahorias también, pero no guardo especial recuerdo de quien me las dio después de un esfuerzo. No. Denotaba superioridad, dejaba claro quien tenía el poder y la capacidad de aplicarlo.
Por el contrario, guardo buen recuerdo de quien me dio zanahorias sin merecerlas especialmente; de quien creyó primero, de quien me las dio por amor. De quien confió en mi esencia bondadosa de niño. Y de adolescente; y de adulto.
No, no confío en el palo y la zanahoria: minan la confianza, extienden la distancia. Urge más la comprensión y la cercanía.
Prefiero el aliento del abrazo, que da paso a la esperanza y a la maravilla. ¿Y tú?
¡Feliz día!
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