Cartas para la paz

 

Querido amigo que sigues vida apasionante; querida amiga:

Esta carta es pública, a diferencia de las que recientemente hemos enviado a algunos de vosotros como respuesta a la entrada Cartas por Navidad.

¿La pediste tú? ¿O pensabas que era broma? Si no, puedes solicitarla ahora:

Quiero una carta, por favor

Nos supuso un trabajo extra para el final de año, que siempre resulta ajetreado. Mereció la pena el esfuerzo, desde luego, a juzgar por la extraordinaria acogida que tuvo la iniciativa: nunca imaginé que una sencilla carta fuera tan bien recibida. ¡Qué alegría!

Por respuestas tan gratificantes, y por la reflexión que nos han provocado, queremos presentarte una nueva sección, disponible desde hoy mismo: CARTAS PARA LA PAZ DEL CORAZÓN.

Y es que, muchos, creo que todos en algún momento, sufrimos. Incluso sin saberlo. Sin darnos cuenta. También sin que lo sepan otros. O es que nos hemos acostumbrado. Entonces, en medio del sufrimiento, o simplemente, en medio de nuestro día a día, agradecemos una atención.

¿Te animas tú con esa atención? ¿Te animas a alegrar el corazón de alguna de las personas que tienes más cerca? A esas a las que más quieres. Porque suele ser a ellas a las que, precisamente, menos se lo decimos.

Sí, anímate a escribir unas letras. En papel, como tradicionalmente, o por medios electrónicos, como dictan los nuevos tiempos… Elige la persona, las personas. ¿Prefieres hacerlo públicamente, compartirla con nosotros? ¿Quieres publicarla en vida apasionante? Escríbenos, por favor.

¿O prefieres que te escribamos? Si quieres estrenar esta nueva sección, entra en el siguiente enlace y te escribiremos:

Quiero una carta, por favor

Cualquiera que sea tu elección, gracias por seguirnos en este apasionante año, en esta nueva sección: Cartas para la paz del corazón. 

Sin más querido amigo, querida amiga, te mando un fuerte abrazo.

P.D.: Gracias a don Alberto, inspirador de esta iniciativa y de otras muchas, destinatario de la carta publicada con el título: Cartas por Navidad, el 26 de noviembre de 2018.

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Hablar desde el amor: ¿propósito realista?

Algo tarde, el 19 de enero, ¿verdad?, para enunciar propósitos de nuevo año. Tiempo adecuado, sin embargo, para ahuyentar los señuelos de propósitos irrelevantes o no suficientemente deseados. Bastante tiempo como para haber abandonado ya alguno de los propósitos enunciados la primera semana del año. Tiempo, en cualquier caso, para reflexionar sobre los otros, sobre los esenciales; para enunciar alguno significativo, que nos ayude a ser mejores personas. O, simplemente, a seguir siendo la misma persona, con alguna nueva conducta, que estimes loable.

Aquí está mi propósito: hablar siempre desde el amor.

¿Verdad que ya has empezado a cuestionarlo? ¿Siempre, siempre? ¿No será este un propósito cargado de buenismo, irrealizable en los tiempos actuales? Quizás, pero, sobre todo, cargado de amor. De un amor recuperado o invocado, un amor que anime a manifestar conductas bondadosas, conductas compasivas en nuestras relaciones con los demás.

¿Ilusorio? ¿Utópico? ¿Ineficaz en según qué ocasiones? Pongamos una de ellas. ¿Cómo hablar desde el amor cuando quiero reprender a alguien, cuando me estoy defendiendo del ataque de otros? ¿Para qué superar la tendencia a hablar desde el rencor?

Hablar desde el amor, mejor que desde el rencor, nos permitirá guardar la compostura, las formas, tener equilibrio, hablar con argumentos y, sobre todo, ser escuchados. Es probable que hasta dejemos descolocados a nuestros interlocutores, que esperarían una respuesta desde otro lugar.

Siempre tenemos la opción de hablar desde el amor, incluso en circunstancias en las que, de manera natural, lo hubiéramos hecho desde otro sentimiento. Podemos hacerlo invocando al amor por nosotros mismos, al amor que tenemos a la otra persona; invocando al amor que tenemos a las personas que defendemos, protegemos, o a aquellas por las que luchamos. También invocando al amor que algunos sentimos de Dios.

Sigamos cuestionando. ¿Y si no somos capaces de hablar siempre desde el amor? Natural que no lo hagamos siempre; somos personas, afortunadamente. Enunciar un propósito es comprometernos con unas conductas concretas, que queremos reproducir cuanto más mejor. Hacemos público el compromiso, lo damos a conocer a los demás, porque, en primer lugar, así reforzamos nuestro compromiso. En segundo lugar, nos ayuda a que alguien, quizá también desde el amor, nos recuerde cuál fue nuestro compromiso cuando nuestras conductas no estén alineadas con él. Por último, está la determinación de perseverar cuando estamos convencidos de que el propósito y lo que él nos reporta merecen la pena. ¡Propósito de enmienda!, solemos decir, cuando fallamos.

¿Qué otras razones para hablar desde el amor?

  1. La comunicación es a la relación como la respiración es a la vida. Son palabras de Virginia Satir, conocida como la terapeuta de todas las familias. No hace falta que te diga cuánto tiempo duraríamos sin respirar, ¿verdad que no? Entonces, ¿cómo pretender que una relación dure sin una adecuada comunicación? Dicho de otra manera, ¿quieres mantener relaciones saludables y fructíferas? Fácil: cuida tu comunicación.
  2. Lo importante es la relación, no tanto si tenemos o no la razón. Difícil de observar, ¿verdad? Sobre todo, por muchos de nosotros, de formación técnica o científica, acostumbrados a relaciones lineales causa-efecto. Tanto es así, que dejamos de admitir otras posibilidades. Sin duda, muy influenciados por la idea –escasamente cuestionada- de que la verdad solo puede ser una. Entonces, porfiamos, argumentamos, contrargumentamos, elevamos el volumen de la voz, gesticulamos, … Sin darnos cuenta de que, transformado en monólogos alternativos, el diálogo hace tiempo que desapareció. Al desaparecer el diálogo, va deteriorándose la relación hasta, probablemente, extinguirse o reducirse a lo mínimo imprescindible, aun manteniendo el inmerecido nombre de relación. Ahora soy yo el que te cuestiona: ¿eliges la razón o la relación? ¿Prefieres acumular amigos o acumular discusiones ganadas?
  3. Lo importante es querer conservar la relación, hacerla más nutritiva. Sí, como muchas cosas en la vida, relacionarse bien es una elección. ¿Con quién eliges relacionarte? ¿Por qué y para qué? Estas son algunas de mis razones:
    1. Simplemente, porque valoro a la otra persona, la aprecio, la quiero, sea o no de mi familia, tenga o no mis mismas ideas o similares aspiraciones en la vida.
    2. Interesadamente, porque la relación, en cualquier momento, puede reportarme un beneficio.
    3. De manera desinteresada, porque quiero estar disponible en la relación, para lo que pueda necesitar la otra persona de mí.
    4. Porque me lo paso bien, porque la relación me sienta bien.
    5. Si es verdad lo que algunos investigadores afirman, porque las relaciones saludables nos alargan la vida, nos hacen más longevos.

¿Cómo saber si estás hablando desde el amor? Te darás cuenta enseguida. Tu cuerpo te lo manifestará: serenidad interior, suavidad de movimientos, sensación de control, renuncia a ganar. También otros lo verán en ti: semblante relajado, rictus sonriente, gestos amables; nada de movimientos bruscos, tampoco dedos acusadores. Por supuesto, nada de palabras inapropiadas y, por encima de todo, voz calmada. Los gritos no son una opción válida. Más bien, voz bajita que transmita respeto, que evite cualquier intención de imponerse por la fuerza. Voz que, en su debilidad, contemple la duda como opción. Recuerda, si no, la anécdota del matrimonio que caminaba una tarde:

     – Oigo que se aproxima una carreta –afirmó él.
     – Sí, viene vacía –replicó su esposa.
     – Vacía, ¿cómo sabes que viene vacía si no la ves?
     – Fácil, cuanto más vacía está, más ruido hace, –concluyó la mujer.

Para terminar esta reflexión, un último cuestionamiento: ¿acaso planteo mantener la relación a toda costa? Obviamente, no. Cada cual tiene sus líneas rojas. Yo me ocupo de no tener demasiadas y, sobre todo, difuminarlas con las personas que me importan. Eso, a veces, significa hacer la vista gorda, morderme la lengua, en definitiva, dejar pasar lo accesorio para centrarme en lo esencial. Y, para ello, de vez en cuando orar:

Oh, Espíritu Santo,
inspírame siempre lo que debo pensar,
lo que debo decir,
cómo debo decirlo,
lo que debo callar,
lo que debo escribir,
cómo he de actuar,
qué decidir.

Ilumina mi entendimiento
y fortalece mi voluntad.
Dame paciencia para escuchar,
agudeza para entender,
sutileza para interpretar;
dame acierto al comenzar,
dirección al progresar,
buen criterio para terminar.  

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Feliz 2019, feliz vida apasionante

 

¡Feliz año nuevo! Te deseamos de corazón
desde este, que es tu blog.

Tras unos días de discernimiento,
nuevos propósitos reclaman su momento.
En febrero abriremos nuevas secciones,
y emprenderemos más acciones.

Porque, si la vida es un arte,
nos encantará en tu obra acompañarte.
No pretendemos dar lecciones,
tan solo mostrar opciones.

Ser fuente de inspiración,
y remanso de paz;
aportar una pizca de tranquilidad.
Dar paso a tu participación;
ser un instrumento de escucha,
y de solidaridad.

¡Queremos contar contigo!
¿A quién nos puedes recomendar?
¿Quieres en alguna sección participar?
¿Cómo nos ayudarás a mejorar?

En los próximos días, continúa vigilante
a lo que, todavía más, será una VIDA APASIONANTE.

FELIZ AÑO 2019

FELIZ FIESTA DE LOS REYES MAGOS

La vida no es perfecta, pero puede ser maravillosa

El pasado 15 de noviembre presenté mi libro La vida no es perfecta, pero puede ser maravillosa en la Casa de la Cultura de Tres Cantos. Doy las gracias a los amigos del Grupo Literario Encuentros, asociación que acogió la presentación.

Gracias a todos los que me acompañasteis en la presentación. Y gracias a los que teníais intención de asistir y finalmente no pudisteis. Gracias a todos los que me seguís, por vuestra amistad y vuestro apoyo.

Os doy las gracias por vuestra contribución a la causa solidaria de esta presentación. Gracias por la compra del libro y por su difusión. Finalmente, la recaudación ha sido el importe íntegro de 44 ejemplares, destinada a la Asociación Síndrome de Down  de Jaén y Provincia.

El próximo día 22 de diciembre cerraremos esta campaña solidaria, por si alguien se anima con alguna compra de última hora. En 2019 vendrán otras nuevas campañas a las que espero puedan sumarse muchos más amigos.

Hasta pronto.
Gracias a todos. 

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Sobre buenos y malos

 

¿Y si, por fin, aceptamos que la vida en este mundo
no sea nunca más una lucha entre buenos y malos,
sino convivencia fraterna y pacífica entre hermanos,
que compartamos un amor tan intenso como profundo?

¿Qué consecuencias tendría esta actitud,
sin fijarnos, ni pensar de qué lado está la rectitud?

Con valentía, enterrar el rencor,
entre todos, curar el dolor,
pedir y, con alegría, dar el perdón,
establecer una verdadera comunión.

¿Quién puede decir que esto es novedad?
Trabajar por el Reino de Dios,
que vuelve a nacer esta Navidad,
y, sin distinguir entre tú y yo, se nos entrega a los dos.

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A pesar del (mal) humor

 

Conversaba con su amiga, como tantas otras veces:

– Ramón, en tus escritos insistes en la importancia de mantener un estado de ánimo positivo y optimista para, desde ese estado, emprender mejor la acción.

– Claro, Diana, porque las acciones dependen del estado en que nos encontramos en cada momento: ánimo positivo y optimista, nos atrevemos con casi todo; ánimo negativo o pesimista, ¿para qué emprender nada? O, por si acaso, no dedicarle tanto esfuerzo…

– Entiendo. ¿Y si aprendiéramos a actuar a pesar del humor? Del mal humor que a veces nos acompaña. A actuar desde el estado de ánimo del momento, cualquiera que sea. Incluso desde la apatía y la desgana. Actuar, sin importar qué o cómo nos sintamos. ¿No crees que es más meritorio y necesario? 

– Querida amiga, te doy la razón: a pesar del humor, ¡emprendamos la acción!

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El hombre bueno, amable y sincero que un día tropezó

 

Querida doña Martina:

Dice nuestro amigo común, don Alberto, que, en la literatura, se está perdiendo el género epistolar. Y también el hábito de escribir cartas, en general. Él lo quiere recuperar, pero no la escribo yo para contribuir a la causa, que no digo que esté mal. La escribo porque, frente a conversar, escribir tiene sus ventajas, o eso creo yo.   

Para mí, como remitente, que puedo decir todo lo que quiera, de forma meditada, o mejor aún, premeditada, sin perder el guion. Para usted, doña Martina, como destinataria, que puede dejar de leer en cualquier momento o, al contrario, puede leer el texto todas las veces que quiera, según el humor en que se halle. Por lo anterior, voy a ser directo, que esta carta es para leer hasta el final:

“Había una vez un hombre bueno, amable, sincero, al que le gustaba caminar. Salía al bosque con frecuencia. A veces, en su disfrutar, perdía la noción del tiempo. Caminaba cualquiera fuera la ocasión, la circunstancia, la climatología. Solía ir él solo, sin compañía. Tenía sus recorridos, sus circuitos, sus metas. Disfrutaba mucho de sus caminatas.

Una tarde, le sorprendió la noche. No se despistó, no. Se confió. Tanto que, en su descenso, algo precipitado, su tobillo se quebró. Perdió el equilibrio y cayó. De inmediato, su pie se hinchó. Quiso regresar. En cada paso, un fuerte dolor le acompañaba. Se planteó parar y pasar la noche en el bosque. Comenzaba a bajar la temperatura, a pesar de que no había llegado el invierno todavía. Decidió continuar, como pudo, conteniendo el dolor, sintiéndolo cada minuto, en su esforzado regreso a casa. Por fin llegó.

Pasó el tiempo y el hombre bueno, amable y sincero se curó. Pero tanto fue lo que sufrió que, en sus salidas al bosque, no quiso arriesgarse a tener un nuevo accidente. Tampoco quería renunciar a caminar. Quiso continuar. Desde entonces, tomó todo tipo de precauciones: se vendó los tobillos, protegió sus rodillas, se abrigó más todavía… guantes, bufanda, gorro. Aun sin hacer tanto frío. No podía arriesgarse a volver a caer, y perderlo. Porque era lo que más apreciaba, lo que, en aquel momento, le quedaba.

Cambió los itinerarios. No volvería a enfrentarse a empinadas subidas, ni a riscos, ni a caminos de piedra. No iría contra el viento, ni se expondría tanto al sol. Y, llegado el caso, hasta descansaría, haría un alto en el camino, tomaría un respiro. Así hizo. Ahora, paraba con frecuencia. Pero los pensamientos le atormentaban. Le recordaban la caída, el dolor, el camino recorrido estando herido, el sufrimiento de la recuperación. Y, sobre todo, el temor de un nuevo tropezón.

Aquellas pausas en su caminar, en vez de descanso, se convirtieron en un martirio. Pero el monte era, hasta entonces, lo único que le aportaba paz mental. ¡Ya está! Decidió que un poco de entretenimiento le vendría bien. Así es cómo, en su mochila, comenzó a poner un libro y su teléfono móvil. Siguió con sus precauciones, caminando y descansando.

Para evitar la tortura de sus pensamientos, el hombre recurría al libro. Leía. Pero su mente, que no era él, recurrente, volvía a criticarlo, a censurarlo. Probó con su teléfono móvil y sí, quizás por la doble atención, visual y auditiva, aquello lo calmó. Se marchó, poco a poco, el desasosiego. Retornó la paz mental.

Pasaron los meses y aquel hombre bueno, amable y sincero se acostumbró a incorporar la tecnología en sus paseos, cada vez más cortos. Así, hasta que caminar le agotaba tanto que cambió el bosque por el parque de su ciudad. Seguía recordando la caída y tanto le reconfortaba acudir a su teléfono móvil que dejó de salir al parque también. La terraza de su casa bastaría. Era bastante soleada.

Un día, sentado en su terraza, cayó rendido, con el teléfono sobre las piernas. Durmió y soñó. Sobrevino un colapso de ondas, como en  MEDUSA, de Vázquez Figueroa. En esta ocasión, no se sabe quién o qué la provocó. Pero el resultado fue similar. Caos total. Imposible relacionarse, imposible trabajar, imposible pagar. Imposible de ningún ocio disfrutar. Silencio de ondas. Huelga de tecnología. Crisis de identidad.

El colapso duró algún tiempo. Mas lograron sobrevivir. Nada tan fatal. Recuperaron algunos viejos hábitos. Hasta resurgió el género epistolar. Pero no querían renunciar a las comodidades del pasado. Como en MEDUSA, de Vázquez Figueroa, quisieron negociar. Volvieron las ondas y todo el mundo, con moderación y prudencia, las volvió a disfrutar. También, para siempre, todos convivieron con el género epistolar. 

De repente, el teléfono cayó al suelo y el hombre despertó. Después de un momento, sintió calma, sosiego y paz interior. Salió de la terraza y sonrió.

Desde entonces, el hombre bueno, amable y sincero volvió a subir al monte. Continúo caminando. En su caminar tranquilo, relajado, confiado, escuchaba voces, de cuando en cuando. No, no era él quien hablaba. Quizás su mente. Las escuchaba con nitidez: “Él dará órdenes a sus ángeles acerca de ti, para que te guarden en todos los caminos. En sus manos te llevarán, para que tu pie no tropiece en piedra.”

En fin, doña, Martina, no me quiero extender más, que basta la intención. Contribuiré al deseo de don Alberto de recuperar el género epistolar. ¡A escribir! Aunque con moderación. No sea que, con tanta escritura, descuide mis salidas al monte. ¡A mí también me gusta caminar, pues me propicia paz mental! Aunque sea a ratos, mientras estoy lejos de los aparatos.

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Cartas por Navidad

 

Querido don Alberto:

¡Qué reconfortante volvernos a encontrar!
Como antaño, ante un café humeante,
junto a un hogar de lumbre chispeante;
cara a cara, sobre la vida misma, charlar.

Sobre escribir, coincido con su apreciación:
se está perdiendo el género epistolar.
¿Quién osa, siquiera, una carta al año redactar?
Algunos, por Navidad; o en una esporádica vacación.

Se pregunta usted cómo se puede recuperar.
¡Ha irrumpido el wasap!
Para, como dicen, responder asap.
Y digo yo, ¿a quién le va a interesar?

Que por mí no quede, ¡me sirve usted de acicate!
Con alegría, antes de al nuevo año recibir, 
entre 20 y 30 epístolas me comprometo a escribir.
¡Adiós al bricolaje! Tomo la pluma y dejo el alicate.

Ayúdeme, mi querido amigo, por compasión. 
Envíeme la dirección de cualquier conocido,
no vaya a ser que alguno me deje, por olvido.
Y asuma que ha sido con intención.

Reitero, don Alberto, mi agradecimiento.
Por su llamada, el encuentro y su gran amistad.  
Le mando un fuerte abrazo, cargado de sentimiento,
y mis mejores deseos para esta Navidad.   

Roberto.

P.D.: Mande aquí las direcciones postales:
cartaspornavidad@vidaapasionante.com,
que para esto no se requieren conversaciones adicionales, 
y me hace usted un gran favor.

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Leche y miel

Leche y miel. Seguro que esta combinación te resulta familiar, ¿verdad que sí? Es el remedio tradicional para el dolor de garganta y otras dolencias similares; la recomendación de nuestras abuelas, de nuestras madres, de cualquiera que nos quisiera bien.

Leche y miel es también la combinación que, por primera vez, conocí de la mano de Eric Fromm en su obra El arte de amar. Fue en forma de metáfora, para ilustrar el papel de la madre y, por extensión, del padre en la crianza de los hijos. Fromm argumenta que todos somos capaces de aportar la leche, es decir, el alimento. Y, de forma más general, las necesidades básicas, sin demasiado esfuerzo.

Por el contrario, para proporcionar la miel, padre y madre deben poner algo más de su parte. Para muchos, aportar miel es algo que les sale de forma natural. Por su personalidad, por su vivencia en la familia de origen, por su educación… Otros, en cambio, tenemos que hacer un esfuerzo consciente y, casi, tenemos que construir un plan para procurar la miel, para darla en las dosis adecuadas, en el momento adecuado. ¿Dosis adecuadas?, ¿momento adecuado? Eso, ¿según quién?, ¿de acuerdo a qué criterio? Es obvio cuál, ¿no te parece?

Ante la duda, quizá, el plan sea proporcionarla de manera continua. En cualquier caso, procurar la miel requiere de acciones concretas:  gestos, miradas, caricias, comentarios. Requiere de tiempo para la observación, para la escucha, para compartir en silencio, para sorprendernos, para admirar, para callar, para alentar, para, simplemente, decirlo: TE QUIERO.

Leche y miel. Fácil de entender. Seguro, algo queda por hacer. 

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