Puntual a la cita

Llegó justo a la hora. Sofocado, sin chaqueta ni corbata.
Entró en la habitación, miró al techo, y se sentó.
Ella, medio recostada en el brazo del sillón,
expectante, lo siguió con la mirada.  
Piernas cruzadas, pantalón azul marino.
Este hombre –pensó– se da un aire a mi vecino.

Inclinado hacia delante, con su habitual prisa,
sin preámbulo, desdibujada su sonrisa,
reanudó su monólogo por donde lo dejó el día anterior.
Renegando de su suerte, cada vez peor, y de su situación,
suspiraba por encontrar una tabla de salvación.
Silencio. Su voz entrecortada se apagó.

«¿Qué hay de bueno?» –preguntó ella, con voz serena,
sin inmutarse, como habiendo estado ajena–.
«¡¿De bueno?!» –repitió él, sin entender–.
«¿Qué toca hoy: Freud, Frankl, Palo Alto, tal vez?»

Sostuvieron las miradas, callados por un instante.
Ablandada por tanto  tormento y amargura, 
terminó mudando su semblante.
Al fin, asomó un atisbo de ternura.
Arqueó sus cejas y lo invitó a responder:
«Sí, ¿qué de bueno puede haber?»

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Añoranza y más

 

Apoyado en la barandilla del balcón, mira a la calle. Tal vez piensa que está solo, o que yo estoy dormido, porque, en la tumbona, descanso con los ojos cerrados. O, quizás, solamente pretendiera murmurar. Pero ni el abuelo murmura ni yo dormito. Escucho su lamento:

Nunca imaginé que os echaría tanto de menos. Porque os tuve siempre conmigo. Porque estabais siempre disponibles, a mi alcance. Siempre es siempre; en cualquier momento. De repente, ya no estáis. No fui capaz de apreciar entonces lo que significaría vuestra marcha repentina. Total; ¡puro formalismo!, pensé. Meses después, ¡cuánto os añoro! ¡Deseo tanto vuestro regreso! No debería tener semejante dependencia. Lo sé. Otros no la tienen. Pero, yo, yo estaba muy encariñado con vosotros. Por fortuna, por h o por b, pronto os recuperaré.

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