Recuerdo con cariño y alegría las visitas a la casa de mi tía Juliana. ¡Qué tardes aquellas! Juegos algo asalvajados con mis primos, bueno, con los hijos de mis primos. Y meriendas con productos que no había en nuestra casa… leche de la mejor marca, galletas cuadradas, no las típicas María; chocolate con pan, esto no era gran diferencia en verdad.
Luego, picábamos de la merienda de los mayores: tortilla española, chorizo, queso… parece increíble que esto tan poco excepcional lo recuerde todavía como algo maravilloso, ¡cosas de la niñez!
Algo excepcional era también que entre los invitados adultos había un hombre, algo más joven que mis padres, desparejado. O sea, al que no se le conocía pareja. Se llamaba Rodrigo. Era como uno más de la familia, pero no era familiar de nadie en realidad. Era amigo del matrimonio de los primos mayores. Educado, afable, atento… Desparejado.
¿Qué habrá sido de Rodrigo? Aquellas visitas a la casa de mi tía terminaron con la adolescencia… Después, el lugar de reunión se sacralizó: llegaron las bodas, los bautizos y las comuniones. Allí no estaba Rodrigo, y no porque hubiera fallecido. ¿Qué sería de Rodrigo?
¡Por una vida apasionante!
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