Los verdaderos pilares de la amistad

Al menos, los verdaderos para las 64 personas que respondisteis al cuestionario de marzo de 2021. ¡Muchas gracias a todas! Y muchas gracias a quienes lo compartisteis con familiares y amigos para que ellos pudieran completarlo también. Aquí tenéis un resumen de las respuestas, junto con unas reflexiones mías. 

¿Qué importancia le das a cada uno de estos atributos a la hora de mantener una amistad?
      
      Según lo anterior, queda claro que lo que más valoramos en una relación de amistad es el apoyo que nos prestamos, que nos gusta que sea: apoyo emocional, mutuo y desinteresado.
      La solidaridad, también muy valorada, puede entenderse como una extensión del referido apoyo: la capacidad para comprender la situación del amigo y, en la dificultad, prestar ayuda, estar a su lado.
      Más del 80% de los participantes indican como totalmente o bastante relevante la reciprocidad o correspondencia. ¿Invalida esto la hipótesis del apoyo desinteresado? En mi opinión, no. Entiendo como desinteresado el hecho de que, en el momento preciso en el que se presta la ayuda, en ese momento, no hay un interés por parte de quien la da. Es obvio que, a la larga, interés siempre tenemos. ¿O acaso no mantienes una amistad porque te interesa?
      Pasemos ahora en lo que nos importa menos (nada o poco relevante). ¿Te has fijado en la poquísima importancia que le damos a la afinidad política, a pesar de las acaloradas discusiones que provoca (cuando nos saltamos la recomendable norma de no hablar de política)? Parece que a un amigo se le consienten sus inclinaciones políticas, al igual que las creencias religiosas o de otro tipo. Así hago yo, a no ser que esas convicciones y creencias le lleven a un radicalismo que raye la falta de respeto, o a la agresión verbal.
      Ahora bien, ¿da igual la naturaleza de las discrepancias, ya sean en materia de política, religión, salud, educación, crianza de los hijos, o cuidado personal? Porque, en esta época tan peculiar, algunas decisiones personales y la expresión de los motivos para tomarlas, están impactando negativamente en las relaciones de amistad, su frecuencia y su profundidad. ¿Resiste el apoyo emocional mutuo este desafío? La respuesta al atributo misma opinión en temas importantes nos puede dar una pista, ya que importa a un 33% de los participantes. Suficientes para que se note. Equivaldría a decir que, probablemente, uno de cada tres amigos podría dejar de serlo, o no lo sería tanto.
      Vayamos ahora con la siguiente pregunta del formulario: ¿Romperías con tu amigo/a si…
      
      Un primer vistazo a las respuestas sugiere que es verdaderamente difícil romper con un amigo. Parece que somos bastante tolerantes con sus deslices. Para la mayoría de los participantes, la calumnia y la difamación son el principal motivo para terminar una relación de amistad. Después, y no para tantas personas: haber tenido varias discusiones fuertes o contrastar que te miente u oculta información.
      Para continuar, me refiero ahora a una de las dos preguntas planteadas con respuesta abierta: ¿Qué otros atributos son importantes para ti en una relación de amistad? Los porcentajes siguientes no deberían compararse con los obtenidos por los atributos tratados hasta ahora, dado que aquellos exigían respuesta obligatoria, mientras que estos son los elegidos por los participantes de entre todos los que pudieran tener en mente, sin limitación ni referencia alguna.
      
       La confianza aparece como el atributo más destacado. Y es que para muchos –si no para todos- la confianza es la base de cualquier relación de amistad verdadera duradera. Hasta el punto de que, perdida la confianza, o bien se pierde la relación, o bien se mantiene de manera superflua, para contenidos triviales, sin mayor compromiso.
      Vamos con la segunda pregunta de las de respuesta abierta: ¿Qué otros motivos o situaciones te llevaría a romper la amistad con alguien?
      
      Los atributos más referidos como causas para romper una amistad son traición, mentira y deslealtad (que yo he agrupado por considerarlos afines), con un 17%. Además, si añadimos la indiscreción, las referencias aumentan hasta un 23% de los participantes. Y es que todas ellas socaban la confianza, a la que ya me he referido en el apartado anterior, como requisito esencial de las relaciones de amistad.
      Para concluir esta entrada, reproduzco aquí algunos de los comentarios que los participantes han dejado al final del cuestionario:
 

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Los verdaderos pilares de la amistad – Version para descargar

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Concomitancia irreverente

Ya nada es diferente. O todo.
Todo empieza a ser igual; similar a lo mismo.
Lo de siempre, o lo de nunca.
Tal vez a ratos, por momentos, o a intervalos.
Alguien maldice su suerte.
¿Por ser diferente, improcedente o, quizás, impertinente?
Sublime. O trivial. Siempre especial.
O terriblemente vulgar.
Ahora, antes, después. ¿Después de qué?
¿Acaso lo mismo, otra vez?
Anhelo de volar.
Lejos. Alto. Largo. Profundo.
Se le quebraron las alas.
Sólo en la imaginación.
Suficiente. No más. Intuición.
Delirio previo al exilio.
Enajenado. Envenenado.
No, no. Esperanzado.

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De extremo a extremo

Todavía hoy muchos padres y madres tienen pendiente una decisión: vacunar o no a sus hijos menores de edad.

Algunos se preguntarán que por qué decidir –sin caer en la cuenta, o siendo perfectamente conscientes- de que la inacción es ya una decisión. Lo harán por sí mismos, dejándose o no guiar por sus respectivos gobernantes, por los medios de comunicación, o por sus médicos/as. Hagan lo que hagan, están en su total derecho, que para eso tienen la legítima patria potestad de sus hijos menores que, sí, algunas autoridades han osado cuestionar.

Ante decisiones de distinta naturaleza, me gusta ir de extremo a extremo, sabiendo que pueden no existir esos extremos o que, todavía, no han podido ser contrastados. Hablemos, pues, en hipótesis, para el caso de la vacunación:

Hipótesis O-Optimista: La vacuna evita el contagio o, de no evitarlo, evita consecuencias fatales, incluso a personas, como los niños, a los que el covid no les afecta casi lo más mínimo (*). Además, seguimos con lenguaje hipotético, la vacuna no tiene ninguna consecuencia negativa a corto, a medio y a largo plazos.

Hipótesis P-Pesismista: La vacuna es absolutamente ineficaz; todo lo contrario: la vacuna tiene consecuencias fatales en la salud de los niños bien a corto, a medio o a largo plazo, que pueden llevar a la enfermedad crónica, a la infertilidad, o a la muerte -seguimos en hipótesis-.

Ahora, la posibilidad de elegir -si vacunar o no- da paso a estas cuatro escenarios, que ayudan a la decisión:

(*) Ver grado de afección del covid, por edades: ver aquí  o aquí.

Para terminar, hay una pregunta obvia: ¿qué probabilidades hay de que se cumpla cada hipótesis? Y otras no tan obvias:

  • En el supuesto de que convivan las dos hipótesis, digamos, al 50%, ¿estoy dispuesto a participar en esta ruleta rusa?
  • Aún en el supuesto de que la hipótesis P-Pesimista sea muy improbable, ¿quiero arriesgarme a que las efectos adversos se materialicen –puede que ocurra a medio o a largo plazo-?

Y la definitiva: entonces, ¿qué?, ¿qué les quieres proporcionar a tus hijos?

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Por miedo, y por miedo

Hace ya varias semanas que renuncié a convencer a nadie de que mantenga una postura similar a la mía hacia el covid, y contraria a las vacunas. En consecuencia, he renunciado también a debatir sobre ambos: covid y vacuna. En especial, con mis amigos. Lo hago por varias razones, pero la principal, como otras muchas veces, es el miedo. En este caso, el miedo a perderlos. A perder su amistad.

No obstante, que haya renunciado a debatir sobre estas vacunas no significa que oculte mi posición, contraria a ellas. No, en absoluto. Faltaría a mi honestidad. Simplemente, menciono mi posición cuando soy preguntado o cuando se me anima a vacunarme. En estos casos, suelo exponerla, sí. Sin más debate. Porque, además, mi condición, ajena al sistema médico, dificulta que mis razonamientos sean considerados válidos. Como alternativa, remito a quienes sí son médicos. Entre otros, el doctor Luis Miguel Benito de Benito o el doctor Juan José Martínez.

Con todo, a pesar de haber escrito esto: ¿Por qué algunas personas eligen no vacunarse?, y esto otro: 8 preguntas más que muchos nos hacemos sobre el coronavirus, tengo que decir que la razón principal por la que no me vacuno –además de la obvia de considerarlo inncesario– es, una vez más, el miedo. Miedo a, vacunándome, ser uno de esos casos casi imposibles –por improbables– en los que los efectos secundarios o adversos se manifiesten de manera violenta o, incluso, letal. O sea, por miedo a palmarla, a quedarme impedido de alguna manera, o a desarrollar yo que sé que mal, ese sí, persistente. ¿Gilipolleces? No digo que no, pero cada uno tiene las suyas. Y yo no soy una excepción, aunque, ya lo sé, en España, pocas hay, porque, sencillamente, casi no hay registros de efectos adversos. Muchos más en Estados Unidos, donde sí se registran más. Tal vez porque son más.  (Véase https://vaers.hhs.gov/)

En definitiva, el miedo, que es libre, a mi me esclaviza. Dicen quienes defienden la bondad de todas las emociones, que el miedo, comedido y razonable, nos protege de riesgos y males. ¿Qué es lo comedido y razonable? ¿Qué dato ínfimo de probabilidad haría desaparecer mi miedo? ¿El mío concretamente? Cero. Cero probabilidad de efectos adversos graves. Miedo nulo con riesgo nulo.

No debatir no solamente significa, en mi caso, dejar de argumentar. También significa dejar de escuchar argumentos. En especial, la lacerante exposición, en alternancia, de muertos con y sin vacuna. De personas que existen o no. Que han muerto o que no. Porque, como los refranes, dicho uno, enseguida encuentras el que lo contradice.

No ha sido una decisión fácil. La de elegir no debatir, digo, que la de no vacunarme me ha resultado, sí, harto fácil. Y es que, como otras muchas personas –al menos todas y cada una de las que me animan a vacunarme–, lo que si me resulta fácil es creerme en posesión de la verdad y, en consecuencia, abanderándola, cargado de dogmatismo, me resulta fácil empezar a soltar mi discurso a cualquiera con quien me topo, en la confianza –y la seguridad– de que hago el bien, además, desinteresadamente. ¡Muy humano, por otra parte! En especial, cuando toca el turno de llamar a filas –léase colas de las vacunas– a los niños y adolescentes, cuyos padres, mayoritariamente, tendrán que decidir en su lugar. Decidir siempre por el bien presente –y futuro–, tanto si es que sí, como si es que no; sea lo que sea, tal como se me respeta a mí, lo voy a respetar yo. Ya se elija hacer cola o no.

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Siete razones por las que me gusta limpiar el coche

 
Me gusta limpiar el coche y me gusta hacerlo yo. Por estas loables razones:

  1. Es una actividad fácil, mecánica, que no requiere especiales destrezas, preparación ni concentración. Tomándola con calma, me aporta relajación.
  2. Por lo anterior, mientras limpio, mi mente descansa, o trabaja de otra forma, que siempre es un beneficio adicional.
  3. Lleva poco tiempo, por lo que ni resulta una tarea tediosa ni cansada, más bien liviana.
  4. Sin que resulte una limpieza perfecta, ver los resultados y disfrutarlos me produce una moderada satisfacción. Moderada sí, pero muy fácil de lograr.
  5. Me recuerda los años de la infancia y las enseñanzas de mi padre, quien, como otros muchos taxistas de la época, limpiaba su taxi, normalmente, dos veces por semana. Eso si no llovía, en cuyo caso podían ser más. Y es que, ya lo decía él: “en este negocio, llevar el auto limpio es fundamental”.
  6. Un coche limpio, suele provocar elogios de quienes en él se suben. Y si bien los elogios en exceso, dicen, debilitan, en mi opinión, y en su justa medida, animan.
  7. Por último, terminada tan sencilla y gratificante tarea, queda el coche listo para la siguiente andadura, que, a veces, es toda una aventura.

Feliz domingo y feliz resto de verano, con o sin balleta en mano.

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Un linchamiento nauseabundo

Contemplo con tristeza y perplejidad el acoso y la persecución a los que se está sometiendo a los jóvenes. Después de –resulta obvio– un iracundo y nauseabundo linchamiento. Por sus ganas de disfrutar. ¡Qué barbaridad! Por su deseo de festejar. Por su presunta responsabilidad en el incremento de casos –que no de enfermos– en la que llaman 5ª trola (perdón, fue el corrector: 5ª ola). Antes, por, presuntamente, contagiar de muerte a sus mayores, como anunciaban las infames campañas publicitarias institucionales. ¡Bazofia pura!

Ah, jóvenes, miembros de las generaciones que sostendréis la sociedad. No sólo tenéis que sufrir las consecuencias de los vaivenes continuos de la política educativa (ojalá la hubiera, de verdad). No sólo sufrir la precariedad del mercado laboral. No sólo la dificultad para emanciparos. Ahora más. Para que podáis viajar, para que podáis trabajar, para que podáis estudiar.  ¡No os dejéis chantajear! Decidid con información, con reflexión, si os queréis o no vacunar con una sustancia experimental de contenidos genéticamente manipulados. Sin ensayos suficientes.

Sí, asisto con tristeza al intento de someteros. De dominaros. De adormeceros. Como ya se ha hecho con los niños en las escuelas, por medio de las mascarillas. Adiós a su espontaneidad, adiós a su sonrisa.

No quiero arrementer contra las personas bienintencionadas, por muy adormiladas, anestesiadas o atemorizadas que estén. Solamente llamar su atención. ¿Por qué piensan en la vacuna como la solución? ¿Solución a un problema inexistente? Miren, si no, las cifras siguientes **, por mucho que se empeñen en subir, artificialmente, el número de casos (datos a 5 de julio de 2021, acumulados desde enero de 2020, fuente: https://cnecovid.isciii.es/covid19/#documentaci%C3%B3n-y-datos):

* Datos de población a 1 de enero de 2021, fuente: https://www.ine.es/jaxiT3/Datos.htm?t=31304

** Datos con los rangos completos de edad: tabla completa

Por fortuna, la sociedad civil se está organizando para defender los intereses y la libertad. En breve, por iniciativa de, entre otras personas, el doctor Luis Miguel Benito de Benito; www.portushijos.com

 ¡Basta ya de estrategias macabras! Dejen de mentir. Dejen de perseguir. Dejen elegir.

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Las nuevas dictaduras: obecede o padece

Se presentan en medio del caos, como salvadoras de la humanidad. Como suele ser habitual. Sin ellas, -nos venden- quedamos al albur del peligro que, supuestamente, nos acecha y amenaza. En este caso, a nuestra salud. Creyéndolo así, les cedemos el control y la autoridad. Renunciamos a nuestra libertad, en pro de una seguridad, que ya antes teníamos. La historia se repite, ahora, en los tiempos de la posmodernidad, cuando más acceso tenemos a la información y al conocimiento. Pero lo que falta es discernimiento.  

Suplantan a la lógica de la ley médica, hasta el momento basada en las evidencias clínicas. Relegan al fonendoscopio a un total ostracismo, hasta suprimir la auscultación. No hay más razón que la que imponen ellas, las PCR, y su fatídica canción: esta sí, esta no. Sin importar que haya o no tos, ni fiebre ni dolor. ¡Quédate en casa! Que si sólo es una temporada, nada te pasa.

Al frente de la nueva dictadura, la de las PCR, tergiversan el lenguaje. Como suele ser habitual. En esta ocasión, llamando enfermos asintomáticos a individuos perfectamente sanos, obligando a su aislamiento, práctica médica nunca vista hasta ahora. 

Transigimos, en contra de la lógica, en contra de la evidencia. Por temor, nos dejamos llevar, sin mucho preguntar. Paradojas de  esta sociedad. Así, con las PCR, nos someten.

Los jóvenes se quieren rebelar. Como es habitual. Ahora son los siguientes a quienes pretenden culpar. De su conducta irreverente y salud imponente. No soportan su natural y casi total inmunidad. Con la cantinela de que pueden ser portadores, y de evitar rebrotes, les ofrecen las PCR, que ya sabes por dónde se las meten. ¿Positivo? ¡Quédate donde estés! Sea Mallorca, Malta o Cadaqués. Y, de paso, que aprendan los de tu edad: son las PCR las que te conceden o no la libertad. Obedece o padece. 

¡Eh, jóven!: quieren ganarte para su causa, y hacerte sumiso. Así, salen a tu encuentro: en Madrid, pruebas gratuitas en Plaza Castilla. Para tu supuesta tranquilidad, y para dejarte desplazar. Hasta que te hayas pinchado. Porque, en perfecta sintonía ambas, esa es la otra dictadura: la de las vacunas.  

¿Cómo acabar con semejantes dictaduras que, ellas sí, amenazan con ser globales? Sólo hay una: mantén firme tu postura. Porque tu mayor poder es tu capacidad de decir NO. Hay alternativas, siempre hay una salida. 

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Puntual a la cita

Llegó justo a la hora. Sofocado, sin chaqueta ni corbata.
Entró en la habitación, miró al techo, y se sentó.
Ella, medio recostada en el brazo del sillón,
expectante, lo siguió con la mirada.  
Piernas cruzadas, pantalón azul marino.
Este hombre –pensó– se da un aire a mi vecino.

Inclinado hacia delante, con su habitual prisa,
sin preámbulo, desdibujada su sonrisa,
reanudó su monólogo por donde lo dejó el día anterior.
Renegando de su suerte, cada vez peor, y de su situación,
suspiraba por encontrar una tabla de salvación.
Silencio. Su voz entrecortada se apagó.

«¿Qué hay de bueno?» –preguntó ella, con voz serena,
sin inmutarse, como habiendo estado ajena–.
«¡¿De bueno?!» –repitió él, sin entender–.
«¿Qué toca hoy: Freud, Frankl, Palo Alto, tal vez?»

Sostuvieron las miradas, callados por un instante.
Ablandada por tanto  tormento y amargura, 
terminó mudando su semblante.
Al fin, asomó un atisbo de ternura.
Arqueó sus cejas y lo invitó a responder:
«Sí, ¿qué de bueno puede haber?»

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Añoranza y más

 

Apoyado en la barandilla del balcón, mira a la calle. Tal vez piensa que está solo, o que yo estoy dormido, porque, en la tumbona, descanso con los ojos cerrados. O, quizás, solamente pretendiera murmurar. Pero ni el abuelo murmura ni yo dormito. Escucho su lamento:

Nunca imaginé que os echaría tanto de menos. Porque os tuve siempre conmigo. Porque estabais siempre disponibles, a mi alcance. Siempre es siempre; en cualquier momento. De repente, ya no estáis. No fui capaz de apreciar entonces lo que significaría vuestra marcha repentina. Total; ¡puro formalismo!, pensé. Meses después, ¡cuánto os añoro! ¡Deseo tanto vuestro regreso! No debería tener semejante dependencia. Lo sé. Otros no la tienen. Pero, yo, yo estaba muy encariñado con vosotros. Por fortuna, por h o por b, pronto os recuperaré.

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Sociedad polarizada -¿y magnetizada?-

En pleno siglo XXI, cuando más desarrollados deberían estar la tolerancia y el respeto, parece que vivimos en una sociedad cada vez más polarizada. En multitud de ámbitos y disciplinas. Predominan dos extremos diametralmente opuestos. Normalmente, la mayoría de nosotros nos ubicamos en uno de los dos extremos, o en el otro. De manera consciente, como motivo de nuestra elección, o, sin darnos tanta cuenta, arrastrados por el ambiente.  Luego, algunos individuos quedan entre los extremos, conformando el grupo de los tibios, más o menos centrados, más o menos equidistantes de los extremos. Lo vemos en múltiples ámbitos. Por ejemplo:
    – En política: los de derechas y los de izquierdas, con los, supuestamente, de centro.
    – En religión: los creyentes y los ateos o no creyentes, con los más o menos acomodados agnósticos.
    -Ahora, en los momentos que atravesamos: los negacionistas y los covid-creyentes, también despectivamente llamados tragacionistas, junto con los tibios o disciplinados que no se plantean mucho más.

Quizá caiga en una simplificación excesiva, como siempre que se pretende crear categorías. No obstante, sirve, en términos generales, para entendernos y, sobre todo, más allá de los matices, es un modelo que podemos fácilmente identificar en la sociedad actual, en nuestras relaciones cotidianas con los demás.

De entre las distintas polarizaciones que podamos identificar, la palma se la lleva, ahora mismo, la de los pro-vacunas frente a los anti-vacunas (siempre hablando de vacunas anticovid, claro, que las otras, las tradicionales, no son fruto de tanta confrontación). Por extensión, los negacionistas frente a los covid-creyentes. En sus relaciones -y en sus enfrentamientos- los individuos de cada extremo quieren, y llegan a exigir a los del extemo opuesto, argumentos razonados de por qué mantienen esa posición. Paradójicamente, por muy convincentes que pudieran resultar, estos argumentos no suelen ser escuchados si no es para rebatirlos, ridiculizarlos, denostarlos e, inmediatamente, contrargumentarlos con los razonamientos propios que, a su vez, tampoco son escuchados por la otra parte si no es para lo mismo: rebatirlos, ridiculizarlos, denostarlos.

Con diferencia, las arremetidas más furibundas son las que se esgrimen contra los supuestos analfabetos científicos -léase Miguel Bosé, o vaya el burro por delante, yo mismo-. Entonces, ya lo he dicho, se nos ridiculiza hasta convertirnos en punching-balls (sacos de boxeo). La ridiculización, que también busca su argumentación lógica, viene por lo alejada que está nuestra profesión de la ciencia médica, biológica o epidemiólogica, o por lo inconcebible de que “como es posible que alguien con estudios, con capacidad cognitiva demostrada, sea capaz de creer todo eso, de decir todo eso”. Como si los argumentos y razonamientos fueran nuestros -de Bosé, míos o de cualquier otro no preparado técnicamente-, como si esos argumentos fueran de nuestra creación. Sin embargo, la realidad es que, lo sabemos nosotros, lo saben ellos, lo sabes tú, nuestros argumentos no son nuestros, sino que los tomamos prestados de, esos sí, prestigiosos profesionales, cuando no eminencias, del campo científico. Nosotros, los de un extremo, pero también ellos, los del otro extremo. 

En medio del fragor de la batalla, en forma de conversaciones normalmente subidas de tono, la sobreexposición a la información juega en contra de los dos extremos, pero, sobre todo, en contra del extremo minoritario, el que cuenta con menos adeptos, que, por otra parte, digamos, es el no oficial, el que diverge, el que desafía el status quo presentado. O sea, en contra de quienes no disponen del control de los medios (tradicionales, mayoritarios). Ante esta falta de apoyos, el extremo minoritario o disidente, recurre a medios alternativos, no tan conocidos, que son denostados por los canales oficiales. Ya tendremos tiempo más adelante de referirnos a ellos con más detalle. El caso es que, entre unos y otros, se monta un batiburrillo tal que quien pretenda acercarse sin sesgos y sin prejuicios al fondo de la cuestión sale espantado. Pareciera que todo vale con tal de demostrar y justificar lo que se prentende: 
    – Datos numéricos descontextualizados, sin referencias relativas que permitan objetivar la información.
    – Muestras insuficientes.
    – Falacia de la evidencia incompleta, o supresión de pruebas (cherry-picking), consistente en mostrar sólo las pruebas que confirman la hipótesis que se quiere demostrar.
    – Interpretación partidista de las relaciones causa-efecto.
    – Indicadores poco significativos o, incluso, totalmente irrelevantes.
    – Uso del descrédito personal.
    – Etiquetado de hechos contratados como fake news y lo contrario, creación de fake news como supuestos hechos verdaderos.
    – Etc, etc.

Al batiburrillo anterior, y a la tensión que provoca cualquier debate sobre lo expuesto arriba, sólo la amistad aguanta, que no siempre los lazos familiares, como ocurre con otros aspectos controvertidos. Así, llega un momento en el que llegan a intervenir quienes siempre tratan de dejar sus motivos personales aparte, con tal de no contrariar, con tal de mantener la relación, con tal de, en definitiva, respetar al amigo -familiar, compañero, conocido, allegado, etc.- mientras esa persona les guarde, si no un pulcro respeto, sí un respeto mínimo que les haga conservar su dignidad y estima. Al final, personas como tú y como yo llegamos a intervenir. Normalmente, igual que los que están en el otro extremo, lo hacemos desde el deseo de hacer el bien, que ya lo dijo el apóstol Santiago : “Todo aquel que sabe hacer el bien y no lo hace, comete pecado” -Santiago 4:17-.

Volviendo a la polarización de la sociedad-y del respectivo posicionamiento de cada persona-, es inevitable llevar la vista a dos colectivos que tienen especial influencia en la sociedad, por su autoridad técnica y su credibilidad: el colectivo de los profesionales sanitarios y el de los medios de comunicación, respectivamente. A los primeros, por ejemplo, hay quienes los acusan de permanecer en silencio, de dejar de dar su opinión autorizada, de no investigar suficiente, de no denunciar suficiente. En definitiva, de no jugar un papel más activo y, tal vez, más atrevido, que permita dar luz en tanta oscuridad. Claro, eso lo dicen los del extremo negacionista, con el deseo de atraerlos a su posición. 

No obstante, hay que reseñar que son muchos los profesionales de la Medicina, en España y en el mundo entero, los que han puesto en juego su trabajo y su reputación por manifestar su opinión; y que han perdido la vida, como, por ejemplo, el doctor Li Wenglian, en China. También han levantado la voz colectivos como Médicos por la verdad, al que se han unido colectivos de otros ámbitos como Policias por la verdad, Abogados por la verdad, etc.

Resulta fácil de exigir la intervención -supuestamente influyente y determinante- de esos colectivos cuando tú no perteneces a ninguno de ellos, como es caso de la mayoría de los ciudadanos, también el mío. Cuando tú no estás en esa misma obligación. Cuando puedes argumentar que tú no tienes credibilidad por falta de conocimiento. Estoy familiarizado con la situación: como cristiano católico estoy acostumbrado a rechazar la labor de evangelización. Tengo muy aprendida la lección: que den testimonio los que estén mejor preparados, los que tengan las ideas más claras, los que han recibido el talento y la vocación para ello. Otra clase de comodidad por mi parte, eufemismo de cobardía, como eufemismo de miedo es el respeto.

Ante este panorama, muchas personas, desde su posición, desde sus supuestas certezas, sus dudas, sus esperanzas y su buena fe, exponen sus argumentos. Aunque, como yo, no sepan expresarlos por sí mismas con naturalidad ni facilidad. Quisiéramos hacer lo de siempre: encontrar teorías en las que apoyarnos. Pero, a diferencia de las de Gauss, Faraday u Ohm, en Electrotecnia; o las de Newton, Pascal, o Arquímedes, en Física; o las de Ramón y Cajal o Severo Ochoa, en Medicina, por ejemplo, las actuales hipótesis -no digamos ya teorías- están por validar. Y tienden a darse por buenas las mayoritarias, las que cuentan con el respaldo de los medios oficiales. Mientras tanto, otras que cuentan con menos adeptos se descartan antes de tiempo, cuando no se ridiculizan. ¿Acaso fueron admitidos, a la primera, los postulados de Galileo en Astronomía cuando aseguró que la Tierra no era plana sino esférica? Sin embargo, esos postulados terminaron imponiéndose; la verdad acabo imponiéndose. Aunque la primera vez sólo fuera sostenida por una persona, y lo hiciera en contra de todo y de todos.

Concluyo ya esta reflexión sobre la sociedad polarizada -y me pregunto si, en breve, sociedad magnetizada- para, en base a muchos de los argumentos esgrimidos por la posición minoritaria, llamar a la reflexión. Lo hago en forma de respuestas a las siguientes preguntas:

¿PORQUE ALGUNAS PERSONAS ELIGEN NO VACUNARSE?

8 PREGUNTAS MÁS QUE MUCHOS NOS HACEMOS SOBRE EL CORONAVIRUS

Porque el debate científico es ahora más necesario que nunca. Porque sólo con exponentes de diferentes perspectivas puede haber debate fructífero. Porque lo merecemos, debemos promoverlo. Sobre todo, para llegar a la verdad y, cuando toque, no antes, descanser en paz. 

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