Para cambiar el mundo

Recientemente, he leído varios libros sobre modelos de dirección de empresa. Diferentes autores abogan por hacer las cosas de otra manera, por crear un mundo mejor, más sostenible: un lugar donde todos tengamos cabida y en el que todos disfrutemos de una vida digna, y más. Seguro que todas estas teorías e iniciativas bienintencionadas son muy poderosas, muy válidas, y tienen su fundamento bien argumentado y contrastado. 

Mi opinión es que hay una muy buena manera, complementaria a esos modelos. Una forma de hacer las cosas, también contrastada; en este caso, durante siglos.  El mundo mejora, día a día, de la mano del amor y de la compasión, que están siempre disponibles, dentro de cada uno de nosotros, esperando para entrar en acción. Atrevámonos a probar y contrastar los resultados. Pueden ser extraordinarios, ¿verdad que sí? Recuerda: amor y compasión.

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What really makes the difference

In the last few weeks, I have read a couple of books about Managing Organizations. Good readings, indeed. The authors present different Management styles and they even identify some factors with which –they argue- the organizations could be completely transformed. And when transforming the organizations, the whole society and our way of living is transformed…  To make the world a better place to live in.

I also have my hypothesis: I think there are just two virtues able to transform the entire world: love and compassion. They are always available inside every one of us. Ready to enter into action. Let’s try and check what the results are. They could be amazing! Couldn’t they?

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¿Desde dónde sueles tú hablar?

¿Desde dónde te gusta hablar?
     Todos tenemos un lugar favorito desde donde hablar. Desde allí hablamos la mayoría de las veces. Es el lugar en el que solemos estar con más frecuencia, al que ya nos hemos acostumbrado.
      Por ejemplo, muchas personas hablan desde el atril, como sentando cátedra; otras muchas, desde el fondo de la clase, queriendo pasar desapercibidas; algunas, desde el suelo, como si pidieran disculpas o permiso para hacerlo.
      Normalmente no elegimos desde dónde hablar: lo hace nuestro estado de ánimo. O nuestro inconsciente de forma automática. Entonces, hablamos desde el rencor, desde el miedo, desde el resentimiento, desde la resignación, desde el pesimismo. O, por el contrario, desde la ilusión, la esperanza, la compasión, desde la confianza.
      Aunque nosotros no nos demos cuenta, sí percibe nuestro interlocutor desde dónde estamos hablando. A través del tono de la voz, del volumen, de los gestos, de la mirada. De nuestro lenguaje no verbal. También tú lo percibes, ¿verdad? ¿Cómo te afecta? ¿Te cambia, como a mí, el humor?    Puede ser a mejor o a peor… raro es permanecer indiferente, según desde dónde te hablen.
      El condicionamiento cultural y los mecanismos automáticos aprendidos tienen la primera palabra. Sin embargo, ¡puedes desafiarlos! Tú puedes, a conciencia, elegir desde dónde hablar en cada momento. Basta con proponértelo y practicarlo. Y hacer el propósito al iniciar la conversación.
      ¿Qué tal hablar desde el amor? En cualquier situación. En especial, en las situaciones críticas, en las más delicadas.
      Sí, hablar desde el amor. Y, también, contestar desde el amor.
      Desde el amor, todo puede cambiar.

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Propósitos de nueva temporada

Suele ocurrir al inicio del nuevo año. También al comienzo de un nuevo curso. Esto último era más cuando éramos pequeños. Recuerdo con ilusión la llegada del mes de septiembre: nueva ropa, cuando la había, nuevos materiales escolares, el olor a libros nuevos, un macuto nuevo …

Ahora, con la edad adulta, ocurre más, yo creo, con el cambio de año, en enero. Al dejar atrás las Navidades con sus excesos y los buenos deseos.

Aun así, la nueva temporada suscita nuevas ambiciones. Si, como yo, eres de los que les gusta planificar y proponerse objetivos y nuevos desafíos, probablemente ya te hayas hecho más de un esquema, hayas rellenado alguna que otra hoja con enumeraciones de distinta naturaleza. Sobre todo, si en ti predomina la analítica del raciocinio.

Si eres más de interpretar imágenes, tal vez hayas visualizado ya cómo quieras que sea tu futuro, más o menos inmediato. Algunos, os habréis dicho muchas cosas de lo que queréis hacer, de en qué queréis centrar vuestros esfuerzos.

O, quizás, ya lo has hecho muchas veces y ahora, simplemente, te dejas llevar. No más reflexiones filosóficas. Ni místicas. Ni metafísicas.

Sea cual sea tu caso, te propongo un trabajo muy sencillo, intuitivo e inmediato. ¿Querrías completar estas frases, referidas a la nueva temporada que acabamos de estrenar?

Mi propósito prioritario es…
Mi filosofía de vida predominante va a ser…
La manera de relacionarme con los demás será…
La principal contribución que quiero hacer es…
Las emociones que quiero sentir con mayor frecuencia son…
Mi estado de ánimo habitual será…

¿Demasiado cortoplacista? ¿Y si aumentas el alcance hasta tu vida completa? ¿Te atreves a contestar? ¡Prueba! ¡Te sorprenderás!

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¡Menudo cambio!

  • Lo vio por segunda vez en menos de un mes. ¡Increíble! Estaba todavía mejor; más atractivo, más locuaz, más simpático, más abierto; sonría. Sí, ¡estaba más atractivo!
  • Tenía planes, contaba logros. Volvía a ser él. Quizás era por la confianza que da ir alcanzando objetivos, por pequeños que sean. O por el aumento de su autoestima, refrendado por el hecho de constatar que te estás convirtiendo en la persona que quieres ser. Tal vez, porque el gozo de Dios había inundado su alma. Por todo un poco.
  • No albergaba ninguna aspiración, ninguna pretensión más allá de su amistad. Le gustaba ver la transformación en su amigo. No es que, en su larga vida profesional como terapeuta, no hubiera visto cambios similares. Simplemente, volvía a maravillarse por el poder de la determinación, por lo que somos capaces de hacer cuando hay un motivo poderoso. Volvía a maravillarse, también, por la capacidad transformadora del amor.
  • Su amigo, de nuevo, celebraba la vida con alegría. ¡Volvía a ser él!
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Mi SMS: ¡menudo desafío!

  • Hubo un tiempo de proliferación de los SMS. Las operadoras de telecomunicaciones llegaron a obtener más ingresos de ellos que de las llamadas de voz, según que días.
  • Esa época ya pasó y, con ella, también pasó el tiempo de hablar de los mensajes de texto. Sin embargo, yo sigo batallando contra las mismas siglas. Aunque ahora, para mí, representan otra cosa: SMS, SeMana en Silencio.
  • No tiene motivación mística, ni siquiera de desconexión con el día a día. Es mi voluntad de contener mi verborrea desenfrenada. Es la manera de liberar a quienes conviven conmigo de mi tendencia natural, ¿consustancial?, a hablar casi sin parar, casi sin escuchar… A dar sugerencias a quiénes no las han solicitado –ni, tal vez, tampoco las necesiten–; a explicar aquello de lo que nadie ha pedido explicaciones; a criticar lo que puede pasar sin criticar, y hasta sin comentar. 
  • No es una idea mía original: la he tomado prestada de no recuerdo quién. Me lo imaginé como un incontenido hablador, fustigador de familiares, amigos, compañeros de trabajo… ¡qué suplicio para ellos!
  • No me pareció tan difícil. Y, por otro lado, pensaba que yo no la necesitaba, ¿o sí?, ¿o, tal vez, sí? La duda se me disipó en menos de 24 horas, cuando me sorprendí en medio de una disertación maravillosamente extensa… ¡Horror!
  • Decidí comenzar mi SMS, mi semana en silencio. No un silencio absoluto caracterizado por la ausencia total de conversación. No. Se trataba de contenerme de iniciar conversaciones, de dar opiniones, de contar mis batallitas, de contribuir a crear monólogos alternativos, de sentar cátedra. Simplemente escuchar con interés verdadero, lo que implica hacer preguntas, asentir y poco más. ¡Efectivamente: demasiado poco para poder cumplirlo! Es decir, demasiado silencio.
  • Después de una semana, inicio otra vez mi compromiso porque, cada vez que lo incumplo, cada vez que se desata ni conversación, inicio la cuenta. Hasta completar la semana. ¡Cuestión de insistencia! Al final, descontada esta entrada, ¡lo lograré!
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¡Un respeto, por favor!

  • Hace unos años leí que una sociedad deja de ser viable cuando sus índices de natalidad están por debajo de un determinado valor. Es obvio: si no hay renovación, una sociedad entra en crisis y muere.
  • Hay otros motivos para que una sociedad, sino hacia la muerte, camine hacia la degeneración: el desprecio a sus mayores, a su sabiduría, a su experiencia. El desprecio tiene su punta de iceberg en la falta de respeto, que oculta vicios mayores.
  • No hace falta chillarles, no hace falta insultarles, aunque sea suavemente. Hay muchas fórmulas de falta de respeto: dejar de escucharlos; dejar de apoyarlos, de animarlos; dejar de considerar sus opiniones. Todavía hay más: dejar que nos sirvan más allá de lo razonable, permitirles que trabajen más que los jóvenes, o dicho de otro modo, mientras los más jóvenes, no lo hacen tanto. ¿Comodidad? ¿Dejarse servir? ¿Prepotencia? ¿Falta de amor propio?
  • Quizás te hagas otra pregunta, también obvia: ¿solo a los mayores?
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Álgebra y algo más

  • Se había suspendido la clase de álgebra. En lugar de don Avelino, había acudido don Damián, como otras veces.  
  • Estaban aún tomando sus asientos cuando les abordó con su reflexión, ¿espontánea?, ¿meditada?, ¿inspirada? Sin lugar a dudas, sobresaltada.
  • ¿Hasta qué punto cada observación implica una evaluación? …
  • ¿Acaso evaluar no es juzgar? …
  • Juzgar es etiquetar. Etiquetar es clasificar. Clasificar es condicionar. Condicionar es limitar. Limitar es dar permiso para renunciar…
  • Adela parecía ser la única que le seguía; tal vez la única que atendía:
  • ¿Qué insinúa, don Damián? ¿Debemos renunciar a evaluar?
  • ¿Y si postergamos la evaluación? ¿Y si, antes de juzgar, alguien elige amar?…
  • Porque amar es confiar. Confiar es creer. Creer es poder. Poder es querer.
  • Antes de juzgar… amar. A uno mismo y a los demás.
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Volver a preguntarlo

Le daba mucha vergüenza volver a preguntarlo, una vez que la relación estaba comenzada y habían tenido ya varios encuentros. No importaba si era en el ámbito personal o en profesional, se las apañaba sin tener que preguntarlo:

Disculpa, … Perdona, …Oye, … Mira, mira, …

Dependiendo del grado de confianza, usaba una u otra manera de llamar a su interlocutor. Todo menos el “” aquel, hiriente, con el que un chaval se dirigió a él en el colegio de primaria. Todo por no pasar el trago de, después de semanas, meses o, algunas veces, años, volver a preguntarlo.

La vecina de enfrente; el que trabaja en la tienda de la esquina; el chico joven de la tercera planta; la señora rubia que se sienta siempre en el primer banco de la iglesia; el padre de Juan, el portero; la mamá de Irene, la amiguita de Pilarín… Así es como se refería a ellos al hablar con terceras personas. Todo por no repetir la pregunta.

Así vivían él y otros muchos, sobrellevando las relaciones, hasta que un buen día se encuentra en la tesitura de tener que presentar a su ya tan familiar amigo:

  •     – Mira, esta es mi mujer. Cariño, te presento a… Javier, el padre del portero del equipo de los chicos.
  •     – Juan Carlos, me llamo Juan Carlos. Javier es mi hijo, -le corrige educadamente el señor.
  •     – Claro, ¡me pienso que en todas las familias es igual! –dice, acompañando sus palabras de una sonrisa que le hace sentirse más tranquilo.

Tampoco es para tanto, ¿verdad?, ¿o sí?, se preguntó Salvador. Todo por no repetir la pregunta.

¿Acaso es tan vergonzante? ¿Acaso es indecente? Simplemente es. Pudo habérsele olvidado o pudo no haberlo preguntado nunca.

Eso, nunca, ¡nunca más!, me volverá a pasar, se dijo a sí mismo con el pensamiento puesto en la próxima graduación de su hija…

  •     – Papá, te presento al padre de Verónica,
  •     – Mucho gusto, -dijo el señor padre de Verónica.

Ahora sí, ¡es el momento!, pensó Salvador para, rápidamente, responder:

  •     – Encantado, me llamo Salvador. ¿Y usted?
  •     – Soy Fernando.
  •     – Bueno, ¡parece que fue ayer cuando empezaron la carrera, ¿verdad, Fernando? –prosiguió con la conversación.
  •     – Sí, en efecto. ¡Cómo pasa el tiempo!
  •     – Ahora, a por la siguiente etapa, Fernando, ¡es ley de vida! ¿Qué tiene pensado hacer Verónica?

Pasados unos minutos de conversación, se disculpó amablemente para ir al encuentro de otras personas conocidas.

  •     – Disculpe, Fernando, voy a saludar a otros amigos.

Enseguida se unió a los padres de Andrés, a quienes había conocido hacía unos meses, en una conferencia en la Universidad. En esta ocasión, no vaciló:

  •     – Hola, ¿qué tal están? Soy Salvador, el padre de Daniela.
  •     – Sí, nos conocemos. Muy bien, ¿y usted?, -respondió breve el hombre.
  •     – Encantado de volver a verles. Discúlpenme, ¿cómo eran sus nombres?
  •     – Silvia y Enrique.

Claro, tiene cara de llamarse Silvia; y él Enrique; ¡todo encaja! Pensó, rápidamente, Salvador.

  •     – Gracias, como nos vimos hace unos meses… Por cierto, ¿qué les ha parecido, Silvia y Enrique, este año tan intenso para los chicos?, -preguntó Salvador.
  •     – No sé él a mí, pero yo he echado mucho de menos a Andrés, -dijo la madre.
  •     – Sí, a Patricia, mi mujer, le ha pasado lo mismo, Silvia; ¡es muy normal! ¿Y a usted, Enrique?, -insistió él.

Meses después, en un centro comercial, Salvador coincidió con el padre de Verónica, a quién se dirigió con la alegría natural de quien se encuentra a un amigo:

  •     – Hombre, Fernando, ¡qué alegría verle!, ¿cómo está?

La cara de Fernando reflejó su sorpresa inicial al ser llamado por su nombre para, enseguida, dar paso a una sonrisa generosa, muestra de la satisfacción que produce escuchar la palabra que, como a todos, más nos agrada del mundo: la de nuestro propio nombre.

  •     – Encantado… um
  •     – Salvador, me llamo Salvador.
  •     – Claro, el padre de Daniela, pero no recordaba su nombre, -habló con naturalidad Fernando.
  •     – ¡Normal! Nos vemos poco… Y dígame, Fernando, ¿qué tal le va a Verónica? …

Hablaron de las hijas y, al despedirse, dijo Salvador:

  •     – Fernando, le dejo mi teléfono, por si un día le apetece tomar un café, una cerveza o un refresco. O, simplemente, pasear y charlar un rato.
  •     – Claro, tome el mío también, -dijo Fernando.

Al querer grabarlo, Fernando, descubrió que ya lo tenía registrado: Padre de Daniela. Entonces, lo editó y sonrió.

¡25 años después!

  • 25 años después, cual destellos fugaces
    revive sus pensamientos sagaces, 
    sobre los regalos de la infancia.
    Temía por su fragilidad.
    Quería hacerlos durar.
    Se decía entonces: ¡trátalos con elegancia!
  • Pero no bastaban las buenas intenciones.
    Para colmo, nunca venían con instrucciones.
    Unas veces, falta de previsión.
    Otras, imprudencia.
    Las más, precipitación.
    Sí, le faltaba paciencia.
  • Cosas de la edad.
    Y la impulsividad.
    25 años atrás.
    Ilusión y mucho más.
    ¡Cuánta alegría!
    Tiempos de algarabía.
  • Aquellos regalos se rompieron.
    O se perdieron.
    Menos los libros, que, en la estantería, 
    todavía hoy, conservan su sabiduría. 
    Le quedan raquetas, pelotas y, de puzles, piezas sueltas.
    El scalextric, con sus revueltas.
  • Sin duda, los mejores regalos estaban por llegar,
    De la mano de aquella mujer a quien, años más tarde, iba a desposar.
    ¡Gracias por tanta bondad!
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