Las cifras del covid en España

Son tantas las fuentes de información, tantos los datos, tantas las opiniones… Fundadas e infundadas. Unas bien argumentadas, otras no tanto. Casi todas, interesadas.

Al final, ante tanta sobreinformación, la confusión puede desbordarnos. En mi opinión, tenemos estas alternativas:

  1. Escuchar lo que nos llega y acomodarnos a eso que escuchamos, sea la fuente que sea. Normalmente, a la que estamos habituados, que suele coincidir con la versión oficial, universalmente difundida.
  2. Prescindir de cualquier tipo de información, bien sea porque decidimos no escuchar nada o por no prestar atención a la que nos llega. Es decir, una especie de pasotismo. 
  3. Mostrar interés y buscar más fuentes de información, tratando de discernir lo que más se acerca a la realidad -o a nuestros criterios-; quizá lo que suena más razonable. De entre esas fuentes, también las no habituales. 
  4. Llegado el caso, tratar los datos disponibles, analizar la información obtenida y sacar conclusiones por tu cuenta, que no siempre es fácil ni tenemos el tiempo suficiente. Digamos, separar el trigo de la paja.

Este fin de semana, aprovechando la cancelación de un viaje, he optado por la alternativa número 4. El resultado puedes verlo aquí:

Las cifras del coronavirus en España – 30 de agosto de 2020

Espero que te ayude a orientarte en este maremágnum de información en el que estamos inmersos. Para cualquier comentario relativo al informe, puedes contactar con lascifrasdelcovid@gmail.com

Ah, ante todo: sigámos protegiéndonos.

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Volver a empezar

«Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen». (Mateo 5: 43-44)

Duro mandato este de Jesucristo. En mi caso, difícil de poner en práctica, si no es mediante una meditada reflexión sobre, por un lado, el beneficio de conceder el perdón –una manera de amar– y, por otro lado, el firme compromiso de querer seguir las enseñanzas de Cristo.

Porque mi primera tendecia es, si no odiar a los enemigos, querer que paguen por sus afrentas. O, al menos, mantenerlos a distancia, lo suficientemente lejos como para no interactuar con ellos. Porque, además, siendo pocas las personas que uno considera enemigos, tampoco es tanto problema… 

No obstante, el verdadero inconveniente surge al aplicar estas mismas conductas de aislamiento:  

  • A quien opina diferente a nosotros.  
  • A nuestros rivales, esos con los que competimos de alguna forma.
  • A las personas que, alguna vez, nos han causado daño.

Entonces, pueden ser muchas personas: vecinos, compañeros de trabajo –o de clase–, supuestos amigos… hasta familiares más o menos cercanos. Con todo, las relaciones se van deteriorando. Por diferencias de criterio, de opinión, de perspectiva. Y cada vez se torna más difícil no ya amar a esas personas, sino simplemente mostrar signos de amabilidad, aprecio o reconocimiento. Signos que, en su ausencia, dan lugar, en el mejor de los casos, a la indiferencia.

¿Cómo volver a empezar? ¿Cómo retomar la práctica del amor no sólo a nuestros amigos? Propongo signos sencillos, que vayan dando pie a otros más amplios. ¿Qué tal una sonrisa?

Al iniciar una conversación: sonríe.
Al exponer tu opinión: sonríe.
¿Discrepas? En tu argumentación: sonríe.
¿Surge tensión?: sonríe.
Si mantienes firme tu posición: sonríe.
¿Quieres hacer una recomendación?: sonríe.
Para terminar sin armar follón: sonríe.
Pase lo que pase: sonríe.
Con seguridad, sonreír nos ayuda a volver a empezar y, por encima de todo, sonreír nos ayuda a amar. 

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