Añoranza y más

 

Apoyado en la barandilla del balcón, mira a la calle. Tal vez piensa que está solo, o que yo estoy dormido, porque, en la tumbona, descanso con los ojos cerrados. O, quizás, solamente pretendiera murmurar. Pero ni el abuelo murmura ni yo dormito. Escucho su lamento:

Nunca imaginé que os echaría tanto de menos. Porque os tuve siempre conmigo. Porque estabais siempre disponibles, a mi alcance. Siempre es siempre; en cualquier momento. De repente, ya no estáis. No fui capaz de apreciar entonces lo que significaría vuestra marcha repentina. Total; ¡puro formalismo!, pensé. Meses después, ¡cuánto os añoro! ¡Deseo tanto vuestro regreso! No debería tener semejante dependencia. Lo sé. Otros no la tienen. Pero, yo, yo estaba muy encariñado con vosotros. Por fortuna, por h o por b, pronto os recuperaré.

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Pasen y vean

         
          Coincidieron en el descansillo, esperando el ascensor. Le dice ella a él: “Estoy pasando un momento raro”. Y se calla ella. Comienza a pensar él. Aunque pudo ser al revés. Quizá fue al revés. Al salir del ascensor, arriba el descansillo.
          ¿Y quién no? ¿Quién no pasa momentos? ¿O son los momentos los que le pasan a uno? En realidad, pasamos todos. Unos antes y otros después. Unos ya pasaron y otros pasarán. Los momentos. Los momentos también. Pasan unos sobre otros. Lo raro sería que no pasaran.
          Entonces, ¿qué hay de raro? El perro verde. Y los ratones colorados. Ah, no; esos no son raros, son listos, que no se dejan ver. La mujer barbuda, tal vez. No, rectifico. Rara no es. Ella es la víctima. Como todos los demás. Todos en el mismo circo. 
          Raramente el raro soy yo. ¿Quién en un atisbo de rareza, quién en un momento –de esos que pasan, digamos, de lucidez–, quién podría enrarecerse hasta el punto –y la raya– de autodenominarse raro?
          Que pasen, sí. Por sí mismos o por mandato, que, para el caso, da igual.

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Milagrosa coincidencia

 

Hoy es la fecha del día en el que escribo, o cuando tú lees. Me despierto de madrugada, o incluso antes de que anochezca. Desde luego, antes de que el sol se haya puesto. De otra manera, es imposible que pudiera escribir. ¿Te lo imaginas? Si no, no pasa nada. Ya pasó.

Imagina otra cosa mejor. Mejor para ti, mejor para mí. Mejor. ¿Hay algo mejor que imaginar lo que antes no imaginaste? Imagina ahora. Mejor que imaginar: vivir, sentir.  Sentir que sientes, sentir que vives. O, a ratos, dejar de sentir. Dejar que se vaya, y que no vuelva. ¿Acaso te pertenece? No. No es tuya. ¿De quién será pues? ¿A quién obedece? A ti, en cualquier momento. Otras veces no. Déjala ir. Ya está escapando. Sigilosa, sale. Adiós.

¡Qué alivio! Sentir otra vez. Luz. Color. Calor. Claridad. Frescura. Sí. Alegría. Quedó la puerta cerrada. Se acabó. No es una película. Ni una obra de teatro. Es real. Ahora, sólo el viento agita las olas. Gritan las odas. Calla el viento. Silencio silencioso en medio del silente interior. Vacío. Y ahora, ¿qué? Vuela. Vive. Siente. Miro. Veo. Vivo. Suave suavidad que acaricia.

¿Qué es? ¿El Espíritu de Dios? ¿O el amor en estado puro? Puro delirio. De alegría. ¿Acaso no he despertado? ¿Acaso escribo sonámbulo? Igual que sonámbulo vivía. ¿Quién más? ¿Quién más escribe? ¿Quién más despierta? ¿Quién vive?

La noche amaneció y ahora ilumina el día. Luz para ti. Luz para mí. Luz en lo alto. Por encima de nuestras cabezas. Luz en nuestra cabeza. Mentes iluminadas. Desde hoy, o desde mañana. Descanse en paz el ayer doloroso. ¡Gloria al Dios vivo! Ya no hay cruz. Sólo luz. Brilla. Ilumina. Ya pasó. Todo está bien. Todo está bien. Tú y yo. Los demás también. Luz. Paz y bien.

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¡Volver a hablar!

      Querido Humberto:
      ¡Cuánto me gustaría volver a hablar con ella! La echo tanto de menos… Su comprensión, su amabilidad, su delicadeza. Su respeto, su no juzgar. Sus palabras cariñosas. Aquellos momentos tan especiales; sus enseñanzas. Hace ahora tanto tiempo que no hablamos.  
      ¿Sabes?, no es porque yo no quiera. Ni por un bloqueo emocional. Tampoco por falta de tiempo… no por exceso de trabajo, ni porque los niños me tengan especialmente atareado. Tampoco por los ratos de ocio que comparto con mis amigos. O por la lectura y otros pasatiempos. 
      Dejadez, ¿te preguntarás? No, tampoco es dejadez. Simplemente, es demasiado tarde ya: mi abuela está muerta; mi abuela murió siendo yo un chiquillo, incapaz, en la niñez, de imaginar que un día ya no estaría conmigo y que, entoces, entonces, nunca más podríamos hablar.
      Al menos, a ti, querido Humberto, por fortuna, a ti te puedo llamar. 

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Más allá de los clásicos infantiles

 

Una noche más, se disponía a leerle un libro. Entonces, dijo la niña:
– Mamá, léeme algo distinto, algo que no me hayas leído nunca.

Ella, que siempre recurría a los clásicos infantiles, amplió su perspectiva:
– ¿De verdad quieres algo distinto? Te leeré algo muy antiguo, una parábola de siempre, que también es para mayores. Y comenzó a decir:

«Un hombre tenía dos hijos. El más joven de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde. Y les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo más joven, reuniéndolo todo, se fue a un país lejano y malgastó allí su fortuna viviendo lujuriosamente. Después de gastar todo, hubo una gran hambre en aquella región y él empezó a pasar necesidad. Fue y se puso a servir a un hombre de aquella región, el cual lo mandó a sus tierras a guardar cerdos; le entraban ganas de saciarse con las algarrobas que comían los cerdos; y nadie se las daba. Recapacitando, se dijo: ¡cuántos jornaleros de mi padre tienen pan abundante mientras yo aquí me muero de hambre! Me levantaré e iré a mi padre y le diré: padre, he pecado contra el Cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros. Y levantándose se puso en camino hacia la casa de su padre.
Cuando aún estaba lejos, lo vio su padre y se compadeció; y corriendo a su encuentro, se le echó al cuello y lo cubrió de besos. Comenzó a decirle el hijo: Padre, he pecado contra el Cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo. Pero el padre dijo a sus criados: pronto, sacad el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo, y vamos a celebrarlo con un banquete; porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado. Y se pusieron a celebrarlo.
El hijo mayor estaba en el campo; al volver y acercarse a casa oyó la música y los cantos y, llamando a uno de los criados, le preguntó qué pasaba. Este le dijo: Ha llegado tu hermano, y tu padre ha matado el ternero cebado por haberle recobrado sano. Se indignó y no quería entrar, pero su padre salió a convencerlo. El replicó a su padre: Mira cuántos años hace que te sirvo sin desobedecer ninguna orden tuya, y nunca me has dado ni un cabrito para divertirme con mis amigos. Pero en cuanto ha venido este hijo tuyo que devoró tu fortuna con meretrices, has hecho matar para él el ternero cebado. Pero él respondió: Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero había que celebrarlo y alegrarse, porque ese hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado».

– Mamá, ¿quién la escribió?
– Un tal Lucas, hija. Lo llaman San Lucas, médico y Evangelista. Reproduce las palabras de Jesucristo. Busca Lucas 15, 11-32, y lo encontrarás.

– ¿Tiene más escritos San Lucas? –preguntó la niña-.
– Sí.  Todos sobre Jesús, el Cristo. ¿Querrás conocerlo mejor? 

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Feliz transición

Hibernó su sonrisa, y la emoción.
Hibernó el canturreo del ruiseñor.
Hibernó la ilusión.
Penumbra, tristeza, dolor.
Incertidumbre, miedo, decepción.
Espera, travesía, transición.
Despierta su corazón,
Rebosando inmenso amor.
Vuelve el color, y su ardor.
Despertó la flor.
Paseos al amanecer,
Y al ponerse el sol.
Alegría todo a su alrededor.
Orgullo por el camino andado,
Por los obstáculos superados.
Esperanza, y más.
Tiempo de bienaventuranzas.
Transición desde el amor.
¡Bendigo a Dios!

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El hombre bueno, amable y sincero que un día tropezó

 

Querida doña Martina:

Dice nuestro amigo común, don Alberto, que, en la literatura, se está perdiendo el género epistolar. Y también el hábito de escribir cartas, en general. Él lo quiere recuperar, pero no la escribo yo para contribuir a la causa, que no digo que esté mal. La escribo porque, frente a conversar, escribir tiene sus ventajas, o eso creo yo.   

Para mí, como remitente, que puedo decir todo lo que quiera, de forma meditada, o mejor aún, premeditada, sin perder el guion. Para usted, doña Martina, como destinataria, que puede dejar de leer en cualquier momento o, al contrario, puede leer el texto todas las veces que quiera, según el humor en que se halle. Por lo anterior, voy a ser directo, que esta carta es para leer hasta el final:

“Había una vez un hombre bueno, amable, sincero, al que le gustaba caminar. Salía al bosque con frecuencia. A veces, en su disfrutar, perdía la noción del tiempo. Caminaba cualquiera fuera la ocasión, la circunstancia, la climatología. Solía ir él solo, sin compañía. Tenía sus recorridos, sus circuitos, sus metas. Disfrutaba mucho de sus caminatas.

Una tarde, le sorprendió la noche. No se despistó, no. Se confió. Tanto que, en su descenso, algo precipitado, su tobillo se quebró. Perdió el equilibrio y cayó. De inmediato, su pie se hinchó. Quiso regresar. En cada paso, un fuerte dolor le acompañaba. Se planteó parar y pasar la noche en el bosque. Comenzaba a bajar la temperatura, a pesar de que no había llegado el invierno todavía. Decidió continuar, como pudo, conteniendo el dolor, sintiéndolo cada minuto, en su esforzado regreso a casa. Por fin llegó.

Pasó el tiempo y el hombre bueno, amable y sincero se curó. Pero tanto fue lo que sufrió que, en sus salidas al bosque, no quiso arriesgarse a tener un nuevo accidente. Tampoco quería renunciar a caminar. Quiso continuar. Desde entonces, tomó todo tipo de precauciones: se vendó los tobillos, protegió sus rodillas, se abrigó más todavía… guantes, bufanda, gorro. Aun sin hacer tanto frío. No podía arriesgarse a volver a caer, y perderlo. Porque era lo que más apreciaba, lo que, en aquel momento, le quedaba.

Cambió los itinerarios. No volvería a enfrentarse a empinadas subidas, ni a riscos, ni a caminos de piedra. No iría contra el viento, ni se expondría tanto al sol. Y, llegado el caso, hasta descansaría, haría un alto en el camino, tomaría un respiro. Así hizo. Ahora, paraba con frecuencia. Pero los pensamientos le atormentaban. Le recordaban la caída, el dolor, el camino recorrido estando herido, el sufrimiento de la recuperación. Y, sobre todo, el temor de un nuevo tropezón.

Aquellas pausas en su caminar, en vez de descanso, se convirtieron en un martirio. Pero el monte era, hasta entonces, lo único que le aportaba paz mental. ¡Ya está! Decidió que un poco de entretenimiento le vendría bien. Así es cómo, en su mochila, comenzó a poner un libro y su teléfono móvil. Siguió con sus precauciones, caminando y descansando.

Para evitar la tortura de sus pensamientos, el hombre recurría al libro. Leía. Pero su mente, que no era él, recurrente, volvía a criticarlo, a censurarlo. Probó con su teléfono móvil y sí, quizás por la doble atención, visual y auditiva, aquello lo calmó. Se marchó, poco a poco, el desasosiego. Retornó la paz mental.

Pasaron los meses y aquel hombre bueno, amable y sincero se acostumbró a incorporar la tecnología en sus paseos, cada vez más cortos. Así, hasta que caminar le agotaba tanto que cambió el bosque por el parque de su ciudad. Seguía recordando la caída y tanto le reconfortaba acudir a su teléfono móvil que dejó de salir al parque también. La terraza de su casa bastaría. Era bastante soleada.

Un día, sentado en su terraza, cayó rendido, con el teléfono sobre las piernas. Durmió y soñó. Sobrevino un colapso de ondas, como en  MEDUSA, de Vázquez Figueroa. En esta ocasión, no se sabe quién o qué la provocó. Pero el resultado fue similar. Caos total. Imposible relacionarse, imposible trabajar, imposible pagar. Imposible de ningún ocio disfrutar. Silencio de ondas. Huelga de tecnología. Crisis de identidad.

El colapso duró algún tiempo. Mas lograron sobrevivir. Nada tan fatal. Recuperaron algunos viejos hábitos. Hasta resurgió el género epistolar. Pero no querían renunciar a las comodidades del pasado. Como en MEDUSA, de Vázquez Figueroa, quisieron negociar. Volvieron las ondas y todo el mundo, con moderación y prudencia, las volvió a disfrutar. También, para siempre, todos convivieron con el género epistolar. 

De repente, el teléfono cayó al suelo y el hombre despertó. Después de un momento, sintió calma, sosiego y paz interior. Salió de la terraza y sonrió.

Desde entonces, el hombre bueno, amable y sincero volvió a subir al monte. Continúo caminando. En su caminar tranquilo, relajado, confiado, escuchaba voces, de cuando en cuando. No, no era él quien hablaba. Quizás su mente. Las escuchaba con nitidez: “Él dará órdenes a sus ángeles acerca de ti, para que te guarden en todos los caminos. En sus manos te llevarán, para que tu pie no tropiece en piedra.”

En fin, doña, Martina, no me quiero extender más, que basta la intención. Contribuiré al deseo de don Alberto de recuperar el género epistolar. ¡A escribir! Aunque con moderación. No sea que, con tanta escritura, descuide mis salidas al monte. ¡A mí también me gusta caminar, pues me propicia paz mental! Aunque sea a ratos, mientras estoy lejos de los aparatos.

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Cartas por Navidad

 

Querido don Alberto:

¡Qué reconfortante volvernos a encontrar!
Como antaño, ante un café humeante,
junto a un hogar de lumbre chispeante;
cara a cara, sobre la vida misma, charlar.

Sobre escribir, coincido con su apreciación:
se está perdiendo el género epistolar.
¿Quién osa, siquiera, una carta al año redactar?
Algunos, por Navidad; o en una esporádica vacación.

Se pregunta usted cómo se puede recuperar.
¡Ha irrumpido el wasap!
Para, como dicen, responder asap.
Y digo yo, ¿a quién le va a interesar?

Que por mí no quede, ¡me sirve usted de acicate!
Con alegría, antes de al nuevo año recibir, 
entre 20 y 30 epístolas me comprometo a escribir.
¡Adiós al bricolaje! Tomo la pluma y dejo el alicate.

Ayúdeme, mi querido amigo, por compasión. 
Envíeme la dirección de cualquier conocido,
no vaya a ser que alguno me deje, por olvido.
Y asuma que ha sido con intención.

Reitero, don Alberto, mi agradecimiento.
Por su llamada, el encuentro y su gran amistad.  
Le mando un fuerte abrazo, cargado de sentimiento,
y mis mejores deseos para esta Navidad.   

Roberto.

P.D.: Mande aquí las direcciones postales:
cartaspornavidad@vidaapasionante.com,
que para esto no se requieren conversaciones adicionales, 
y me hace usted un gran favor.

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Alegría incondicional

¡Al carajo con todo! Fue lo último que dijo. Cerró el ordenador, cogió su bolígrafo y su cuaderno de notas y se marchó sin dar las buenas tardes. ¡Su propuesta había sido rechazada!
     Desde luego, aquel miércoles no había sido su mejor día. Cabizbajo, cariacontecido, con paso cansino, salió de la oficina y se dirigió a casa. Sonó el móvil. Sin mirarlo, pulsó el botón de silencio y continuó caminando.
     Así, avanzó sin levantar la vista del suelo, excepto para ver la luz de los semáforos al cruzar las calles. Llegó al último del trayecto. De repente, su cara se iluminó y esbozó una sonrisa. Se relajó su semblante, sus ojos brillaron por un instante. Al otro lado de la calle distinguió a Berta, esbelta, radiante, parada junto al semáforo, apoyada en la pierna de su dueña.
     Entonces, el pensamiento lo transportó de inmediato a su casa. Se imaginó abriendo la puerta y, casi sin darle tiempo a cerrarla, a Sultán girando a su alrededor, aguantando el ladrido, moviendo sin parar su cola, para finalmente, el animalillo, como pidiendo permiso con su mirada, terminar subiendo sus manos hasta las de él. Como cada día del año, como todos los días del año.
     Sonó la señal del semáforo, que acababa de abrirse. Volvió a la realidad del presente. Al cruzarse con ella, saludó amablemente a Lucía, la dueña de Berta.
     Después, con la cabeza ya erguida y la mirada al frente, pensó en lo mucho que se había opuesto a la llegada de Sultán a casa. Había argumentado y contrargumentado, incluso con mayor vehemencia que en la reunión de esa tarde, las razones por las que no les convenía meter un perro en su vida.
     Ya en el ascensor, imaginó, cómo iba a ser su recibimiento, el de él, a su mujer, que regresaba de un viaje de trabajo aquella noche. ¡Lo decidió! Se uniría al de Sultán, aunque solo fuera para probar. 

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Fotografía por gentileza de Taivas Bulud 

 

¡Menudo cambio!

  • Lo vio por segunda vez en menos de un mes. ¡Increíble! Estaba todavía mejor; más atractivo, más locuaz, más simpático, más abierto; sonría. Sí, ¡estaba más atractivo!
  • Tenía planes, contaba logros. Volvía a ser él. Quizás era por la confianza que da ir alcanzando objetivos, por pequeños que sean. O por el aumento de su autoestima, refrendado por el hecho de constatar que te estás convirtiendo en la persona que quieres ser. Tal vez, porque el gozo de Dios había inundado su alma. Por todo un poco.
  • No albergaba ninguna aspiración, ninguna pretensión más allá de su amistad. Le gustaba ver la transformación en su amigo. No es que, en su larga vida profesional como terapeuta, no hubiera visto cambios similares. Simplemente, volvía a maravillarse por el poder de la determinación, por lo que somos capaces de hacer cuando hay un motivo poderoso. Volvía a maravillarse, también, por la capacidad transformadora del amor.
  • Su amigo, de nuevo, celebraba la vida con alegría. ¡Volvía a ser él!
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