Añoranza y más

 

Apoyado en la barandilla del balcón, mira a la calle. Tal vez piensa que está solo, o que yo estoy dormido, porque, en la tumbona, descanso con los ojos cerrados. O, quizás, solamente pretendiera murmurar. Pero ni el abuelo murmura ni yo dormito. Escucho su lamento:

Nunca imaginé que os echaría tanto de menos. Porque os tuve siempre conmigo. Porque estabais siempre disponibles, a mi alcance. Siempre es siempre; en cualquier momento. De repente, ya no estáis. No fui capaz de apreciar entonces lo que significaría vuestra marcha repentina. Total; ¡puro formalismo!, pensé. Meses después, ¡cuánto os añoro! ¡Deseo tanto vuestro regreso! No debería tener semejante dependencia. Lo sé. Otros no la tienen. Pero, yo, yo estaba muy encariñado con vosotros. Por fortuna, por h o por b, pronto os recuperaré.

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¡Volver a hablar!

      Querido Humberto:
      ¡Cuánto me gustaría volver a hablar con ella! La echo tanto de menos… Su comprensión, su amabilidad, su delicadeza. Su respeto, su no juzgar. Sus palabras cariñosas. Aquellos momentos tan especiales; sus enseñanzas. Hace ahora tanto tiempo que no hablamos.  
      ¿Sabes?, no es porque yo no quiera. Ni por un bloqueo emocional. Tampoco por falta de tiempo… no por exceso de trabajo, ni porque los niños me tengan especialmente atareado. Tampoco por los ratos de ocio que comparto con mis amigos. O por la lectura y otros pasatiempos. 
      Dejadez, ¿te preguntarás? No, tampoco es dejadez. Simplemente, es demasiado tarde ya: mi abuela está muerta; mi abuela murió siendo yo un chiquillo, incapaz, en la niñez, de imaginar que un día ya no estaría conmigo y que, entoces, entonces, nunca más podríamos hablar.
      Al menos, a ti, querido Humberto, por fortuna, a ti te puedo llamar. 

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Responsabilidad compartida, ¿hasta cuándo?

 

Querida Amanda:

No salgo de mi sorpresa con este niño. ¡Que tiene 10 años! Todo empezó por un reportaje televisivo, sobre la influencia de los progenitores en la conducta de los adolescentes. Este fue su planteamiento:

Entonces, ¿cuándo puede considerarse extinguida tu responsabilidad, como padre, sobre mis conductas? No me refiero a la responsabilidad jurídica, que ya sé que está vinculada a la edad. Como cuando rompí el cristal en el colegio, que tuviste que pagarlo tú.

¡Tal cual! Pero hay más:

¿En qué casos puede hablarse de corresponsabilidad, tuya y mía, de lo que yo hago, y de las consecuencias que esos actos tienen? Es decir, supongamos que fuera galardonado con el premio Nobel de Física. ¿Serías tú corresponsable de ello, por la educación que me has procurado? ¿A pesar de que tú trabajas como notario?

Más todavía:

¿En qué momento, bajo qué premisas, comienzo yo a ser exclusivamente responsable de mis actos, de mis méritos, de mis logros o fracasos?

Para terminar así:

¿Quién tiene mayor responsabilidad? ¿Tú o mamá?

Ahí es nada, querida Amanda. Dame tu orientación, no sea que conteste de manera irresponsable y cargue para siempre con esa culpa.

A propósito, ¿cuándo nos volvemos a ver? Si lo retrasamos más allá de lo convenido, permíteme que yo también pregunte, ¿qué parte tendremos cada uno de responsabilidad?

Con todo mi agradecimiento, te mando un abrazo fuerte y largo.

Leocadio.

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Cartas para la paz

 

Querido amigo que sigues vida apasionante; querida amiga:

Esta carta es pública, a diferencia de las que recientemente hemos enviado a algunos de vosotros como respuesta a la entrada Cartas por Navidad.

¿La pediste tú? ¿O pensabas que era broma? Si no, puedes solicitarla ahora:

Quiero una carta, por favor

Nos supuso un trabajo extra para el final de año, que siempre resulta ajetreado. Mereció la pena el esfuerzo, desde luego, a juzgar por la extraordinaria acogida que tuvo la iniciativa: nunca imaginé que una sencilla carta fuera tan bien recibida. ¡Qué alegría!

Por respuestas tan gratificantes, y por la reflexión que nos han provocado, queremos presentarte una nueva sección, disponible desde hoy mismo: CARTAS PARA LA PAZ DEL CORAZÓN.

Y es que, muchos, creo que todos en algún momento, sufrimos. Incluso sin saberlo. Sin darnos cuenta. También sin que lo sepan otros. O es que nos hemos acostumbrado. Entonces, en medio del sufrimiento, o simplemente, en medio de nuestro día a día, agradecemos una atención.

¿Te animas tú con esa atención? ¿Te animas a alegrar el corazón de alguna de las personas que tienes más cerca? A esas a las que más quieres. Porque suele ser a ellas a las que, precisamente, menos se lo decimos.

Sí, anímate a escribir unas letras. En papel, como tradicionalmente, o por medios electrónicos, como dictan los nuevos tiempos… Elige la persona, las personas. ¿Prefieres hacerlo públicamente, compartirla con nosotros? ¿Quieres publicarla en vida apasionante? Escríbenos, por favor.

¿O prefieres que te escribamos? Si quieres estrenar esta nueva sección, entra en el siguiente enlace y te escribiremos:

Quiero una carta, por favor

Cualquiera que sea tu elección, gracias por seguirnos en este apasionante año, en esta nueva sección: Cartas para la paz del corazón. 

Sin más querido amigo, querida amiga, te mando un fuerte abrazo.

P.D.: Gracias a don Alberto, inspirador de esta iniciativa y de otras muchas, destinatario de la carta publicada con el título: Cartas por Navidad, el 26 de noviembre de 2018.

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