¡Agua!

A ti, joven, adolescente: imagina que un día vas de excursión a la montaña. Sin saber cómo, te desorientas, sientes cansancio, pierdes la referencia de la senda… Después de unos minutos de desasosiego, piensas: ¡no pasa nada, llevo agua!

Sí, agua es lo estrictamente necesario para un día de excursión. H2O. En términos moleculares H-O-H. Una fórmula que te valdrá para todas las rutas por las que discurras. La fórmula a la que podrás recurrir siempre. El agua te reconfortará. A todo tu organismo; a tu cerebro también.

H-O-H es la combinación perfecta para transitar las rutas de la vida. Para completar las que te convienen y alejarte de las que no:

Honestidad. En primer lugar, por ti. Para tener la certeza absoluta de que eres una persona digna de confianza. En segundo lugar, por los demás. Que sepan que pueden  relacionarse contigo con tranquilidad, sin temor. Recurre a la honestidad en todo: en tus acciones y en tus reacciones. Busca el bien. El tuyo y el de los demás; busca la verdad y cuenta la verdad. Actúa con honestidad, que conlleva honradez. Honestidad es hacer el bien, incluso cuando nadie te ve.

Obligación de hacer lo que debes, lo que te has propuesto, lo que has elegido hacer. Mantener la palabra, evitar el camino fácil, superar la tentación del abandono. La tentación de no iniciarlo. Haz tu obligación. Tus obligaciones, en plural, que vienen de la autoexigencia que, mantenida, obrará maravillas en tu vida. Obligarte es mantener lo que has elegido con antelación.

Humildad. No eres menos que nadie, pero tampoco más. Diferente. Cualquier persona con la que te encuentres, seguro, será capaz de hacer alguna cosa mejor que tú; te superará en una o más habilides. Dignifica a cada persona. Relaciónate con todas, busca aprender de cada una. Ayuda, ama, respeta, sirve. Comparte tus talentos. Úsalos para el bien común. Humildad es aceptar el aprendizaje del prójimo, dejarte guiar.

Jesús, cansado del camino, se sentó junto al pozo. (…) Vino una mujer de Samaria a sacar agua y Jesús le dijo: “Dame de beber

Juan 4: 6,7

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Más allá de los clásicos infantiles

 

Una noche más, se disponía a leerle un libro. Entonces, dijo la niña:
– Mamá, léeme algo distinto, algo que no me hayas leído nunca.

Ella, que siempre recurría a los clásicos infantiles, amplió su perspectiva:
– ¿De verdad quieres algo distinto? Te leeré algo muy antiguo, una parábola de siempre, que también es para mayores. Y comenzó a decir:

«Un hombre tenía dos hijos. El más joven de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde. Y les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo más joven, reuniéndolo todo, se fue a un país lejano y malgastó allí su fortuna viviendo lujuriosamente. Después de gastar todo, hubo una gran hambre en aquella región y él empezó a pasar necesidad. Fue y se puso a servir a un hombre de aquella región, el cual lo mandó a sus tierras a guardar cerdos; le entraban ganas de saciarse con las algarrobas que comían los cerdos; y nadie se las daba. Recapacitando, se dijo: ¡cuántos jornaleros de mi padre tienen pan abundante mientras yo aquí me muero de hambre! Me levantaré e iré a mi padre y le diré: padre, he pecado contra el Cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros. Y levantándose se puso en camino hacia la casa de su padre.
Cuando aún estaba lejos, lo vio su padre y se compadeció; y corriendo a su encuentro, se le echó al cuello y lo cubrió de besos. Comenzó a decirle el hijo: Padre, he pecado contra el Cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo. Pero el padre dijo a sus criados: pronto, sacad el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo, y vamos a celebrarlo con un banquete; porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado. Y se pusieron a celebrarlo.
El hijo mayor estaba en el campo; al volver y acercarse a casa oyó la música y los cantos y, llamando a uno de los criados, le preguntó qué pasaba. Este le dijo: Ha llegado tu hermano, y tu padre ha matado el ternero cebado por haberle recobrado sano. Se indignó y no quería entrar, pero su padre salió a convencerlo. El replicó a su padre: Mira cuántos años hace que te sirvo sin desobedecer ninguna orden tuya, y nunca me has dado ni un cabrito para divertirme con mis amigos. Pero en cuanto ha venido este hijo tuyo que devoró tu fortuna con meretrices, has hecho matar para él el ternero cebado. Pero él respondió: Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero había que celebrarlo y alegrarse, porque ese hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado».

– Mamá, ¿quién la escribió?
– Un tal Lucas, hija. Lo llaman San Lucas, médico y Evangelista. Reproduce las palabras de Jesucristo. Busca Lucas 15, 11-32, y lo encontrarás.

– ¿Tiene más escritos San Lucas? –preguntó la niña-.
– Sí.  Todos sobre Jesús, el Cristo. ¿Querrás conocerlo mejor? 

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