Feliz transición

Hibernó su sonrisa, y la emoción.
Hibernó el canturreo del ruiseñor.
Hibernó la ilusión.
Penumbra, tristeza, dolor.
Incertidumbre, miedo, decepción.
Espera, travesía, transición.
Despierta su corazón,
Rebosando inmenso amor.
Vuelve el color, y su ardor.
Despertó la flor.
Paseos al amanecer,
Y al ponerse el sol.
Alegría todo a su alrededor.
Orgullo por el camino andado,
Por los obstáculos superados.
Esperanza, y más.
Tiempo de bienaventuranzas.
Transición desde el amor.
¡Bendigo a Dios!

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Caridad, mansedumbre, humildad

      Querida Gabriela:
      Todavía recuerdo el follón que se montó. Y eso que solo mencioné una de  las tres. ¿Te acuerdas? En aquel encuentro de amigos. 
       Simplemente por anunciar mi aspiración a la mansedumbre, por anhelarla en el día a día, por querer que sea mi compañera. ¿Tú crees que es tan osado? ¿O tan imprudente querer ser manso? Que no digo siempre. Las más de las veces.
       Es el recurso que quiero utilizar para combatir mi tendencia a batallar, a inmediatamente contraargumentar, sin escuchar. ¿Crees que es apropiado o te parece exagerado?
      Me pregunto si, desde la moral cristiana, no estaré ante una evidente manifestación de pecado. Soberbia: el deseo de someter a los demás a mis arbitrios, de imponer mi posición, de no dar opción. Soberbia, el mayor de los pecados a juicio de teólogos reputados .
      Quiero también recurrir a la caridad, que no es más que sinónimo de amor. Y a la humildad, para asumir que no soy más que nadie, y que he de escuchar. Difícil encomienda a juzgar por los intentos precedentes. Aunque creo que, ahora, tengo mejores sustentos, mayores argumentos.
      Leí estos días, permíteme, querida Gabriela, que mantenga la fuente en el anonimato, por su condición, no sea que te cause prevención (1). ¿Y si es narcisismo? Quedarse encerrado en la contemplación de uno mismo. Hipersensibilidad, prevalencia y casi única atención a los propios sentimientos y temores. La percepción errónea de que todo gira alrededor de uno mismo. Para, al final, solo mendigar atención y afectividad. ¡Qué tristeza!
      En fin, querida Gabriela, mantente vigilante para, en lo que te sea posible, recordarme apelar a tan buenas compañeras. Y, con ellas, saber escuchar, esperar, callar.
      Me despido hasta una próxima ocasión. Que siempre nos acompañen: caridad, mansedumbre y humildad.       
     Mauricio

P.D.: (1) Dios te quiere feliz, de José Ignacio Munilla.

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