El jilguero que escuchaba a las flores

Me despierto sobresaltado,
Sin motivo; todo está controlado.
Ya no tengo que cambiar la hora.
Lo hace sola mi computadora.

¡Qué relajo!
Menos trabajo.
Incluso, menos incertidumbre.
Tampoco ya tengo que hacer lumbre.

Adiós también al antiguo despiste
De ponerle demasiado pronto el alpiste
Al jilguero de mis sueños
Que dejó de cantar por no tener dueños.

¿Añoranza de tiempos anteriores
En los que escuchaba las flores?
Reposadamente, observo al jardinero
Que, de buena gana, limpia el sendero.

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Despierta, tú que temes

Pensaba yo que lo contrario del miedo era el coraje. Dicen, sin embargo, que el coraje no es la ausencia de miedo, sino actuar a pesar del miedo. Esta consigna, tan aparentemente sencilla, no parece que la sigamos muchas personas que solemos bloquearnos o alterarnos por el miedo. 

Añoro actuar sin miedo. Preferiría, antes de actuar, liberarme del miedo. Es lo que, normalmente, se hace con cualquier problema: eliminar su causa. Preferiría, sí, liberarme del miedo. Ese que me han inoculado en dosis extras, por múltiples vías:

  1. Sobre-exposición de información negativa, catastrofista, resultado de un evidente ¿y premeditado? sesgo informativo.
  2. Incertidumbre al futuro o, peor todavía, anticipo de un futuro infausto.
  3. Embustes y engaños, apoyados en postulados científicos -que tienen sus correspondientes postulados contrarios, también científicos-.
  4. Desconfianza hacia el prójimo, ese que siempre ha sido mi amigo -cuando no, a los propios familiares-.
  5. Opresión, a través de imposiciones legislativas, con la excusa de protegerme a mí y de proteger a los demás.

Despierta, tú que temes. Del miedo nos libera el conocimiento. Y el amor, siempre, el amor.

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