Para cambiar el mundo

Recientemente, he leído varios libros sobre modelos de dirección de empresa. Diferentes autores abogan por hacer las cosas de otra manera, por crear un mundo mejor, más sostenible: un lugar donde todos tengamos cabida y en el que todos disfrutemos de una vida digna, y más. Seguro que todas estas teorías e iniciativas bienintencionadas son muy poderosas, muy válidas, y tienen su fundamento bien argumentado y contrastado. 

Mi opinión es que hay una muy buena manera, complementaria a esos modelos. Una forma de hacer las cosas, también contrastada; en este caso, durante siglos.  El mundo mejora, día a día, de la mano del amor y de la compasión, que están siempre disponibles, dentro de cada uno de nosotros, esperando para entrar en acción. Atrevámonos a probar y contrastar los resultados. Pueden ser extraordinarios, ¿verdad que sí? Recuerda: amor y compasión.

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What really makes the difference

In the last few weeks, I have read a couple of books about Managing Organizations. Good readings, indeed. The authors present different Management styles and they even identify some factors with which –they argue- the organizations could be completely transformed. And when transforming the organizations, the whole society and our way of living is transformed…  To make the world a better place to live in.

I also have my hypothesis: I think there are just two virtues able to transform the entire world: love and compassion. They are always available inside every one of us. Ready to enter into action. Let’s try and check what the results are. They could be amazing! Couldn’t they?

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Alegría incondicional

¡Al carajo con todo! Fue lo último que dijo. Cerró el ordenador, cogió su bolígrafo y su cuaderno de notas y se marchó sin dar las buenas tardes. ¡Su propuesta había sido rechazada!
     Desde luego, aquel miércoles no había sido su mejor día. Cabizbajo, cariacontecido, con paso cansino, salió de la oficina y se dirigió a casa. Sonó el móvil. Sin mirarlo, pulsó el botón de silencio y continuó caminando.
     Así, avanzó sin levantar la vista del suelo, excepto para ver la luz de los semáforos al cruzar las calles. Llegó al último del trayecto. De repente, su cara se iluminó y esbozó una sonrisa. Se relajó su semblante, sus ojos brillaron por un instante. Al otro lado de la calle distinguió a Berta, esbelta, radiante, parada junto al semáforo, apoyada en la pierna de su dueña.
     Entonces, el pensamiento lo transportó de inmediato a su casa. Se imaginó abriendo la puerta y, casi sin darle tiempo a cerrarla, a Sultán girando a su alrededor, aguantando el ladrido, moviendo sin parar su cola, para finalmente, el animalillo, como pidiendo permiso con su mirada, terminar subiendo sus manos hasta las de él. Como cada día del año, como todos los días del año.
     Sonó la señal del semáforo, que acababa de abrirse. Volvió a la realidad del presente. Al cruzarse con ella, saludó amablemente a Lucía, la dueña de Berta.
     Después, con la cabeza ya erguida y la mirada al frente, pensó en lo mucho que se había opuesto a la llegada de Sultán a casa. Había argumentado y contrargumentado, incluso con mayor vehemencia que en la reunión de esa tarde, las razones por las que no les convenía meter un perro en su vida.
     Ya en el ascensor, imaginó, cómo iba a ser su recibimiento, el de él, a su mujer, que regresaba de un viaje de trabajo aquella noche. ¡Lo decidió! Se uniría al de Sultán, aunque solo fuera para probar. 

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Fotografía por gentileza de Taivas Bulud 

 

¿Desde dónde sueles tú hablar?

¿Desde dónde te gusta hablar?
     Todos tenemos un lugar favorito desde donde hablar. Desde allí hablamos la mayoría de las veces. Es el lugar en el que solemos estar con más frecuencia, al que ya nos hemos acostumbrado.
      Por ejemplo, muchas personas hablan desde el atril, como sentando cátedra; otras muchas, desde el fondo de la clase, queriendo pasar desapercibidas; algunas, desde el suelo, como si pidieran disculpas o permiso para hacerlo.
      Normalmente no elegimos desde dónde hablar: lo hace nuestro estado de ánimo. O nuestro inconsciente de forma automática. Entonces, hablamos desde el rencor, desde el miedo, desde el resentimiento, desde la resignación, desde el pesimismo. O, por el contrario, desde la ilusión, la esperanza, la compasión, desde la confianza.
      Aunque nosotros no nos demos cuenta, sí percibe nuestro interlocutor desde dónde estamos hablando. A través del tono de la voz, del volumen, de los gestos, de la mirada. De nuestro lenguaje no verbal. También tú lo percibes, ¿verdad? ¿Cómo te afecta? ¿Te cambia, como a mí, el humor?    Puede ser a mejor o a peor… raro es permanecer indiferente, según desde dónde te hablen.
      El condicionamiento cultural y los mecanismos automáticos aprendidos tienen la primera palabra. Sin embargo, ¡puedes desafiarlos! Tú puedes, a conciencia, elegir desde dónde hablar en cada momento. Basta con proponértelo y practicarlo. Y hacer el propósito al iniciar la conversación.
      ¿Qué tal hablar desde el amor? En cualquier situación. En especial, en las situaciones críticas, en las más delicadas.
      Sí, hablar desde el amor. Y, también, contestar desde el amor.
      Desde el amor, todo puede cambiar.

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